La delincuencia está acabando con nosotros

29/6/02 - 11:00 PM

  • Eloy Grimaldos Méndez                                            
En Panamá el hampa domina las calles. Los ciudadanos nos vemos continuamente sometidos a asaltos perpetrados, a todas horas del día, que ponen en peligro nuestra vida y patrimonio. Los índices de delincuencia indican que el robo a mano armada, el hurto de vehículos, los homicidios, el tráfico de drogas, los delitos sexuales, la violación de domicilios, asaltos a bancos y comercios y los secuestros se encuentran entre los delitos que con mayor frecuencia se cometen en este país. De un año para otro hemos observado incrementos en la delincuencia de hasta casi un 25%, lo que es indicativo de que la lucha contra la delincuencia la estamos perdiendo y si bien la insuficiente vigilancia es un factor importante, el problema fundamental radica en el desempleo. Estudios realizados han mostrado la correlación que existe entre el crecimiento del desempleo y los crímenes violentos. En Estados Unidos, por ejemplo, se ha demostrado que un crecimiento del 1% de desempleo se traduce en un crecimiento del 6.7% en los homicidios, de un 3.4% en otros crímenes violentos y un 2.4% en los crímenes contra la propiedad.
En Panamá, según algunas estadísticas, en el 2000 ocurría un delito cada 48 minutos, un asalto a mano armada cada 5 horas y un incremento en la delincuencia del 24% en comparación con el año anterior. Solamente el 50% de los delitos cometidos a nivel nacional son denunciados ante la PTJ lo que nos proporciona los parámetros de lo grave de la situación que estamos confrontando. Todas las encuestas de opinión indican que en el 2000 la situación de inseguridad ciudadana pasó a ser el segundo problema más importante en la percepción del pueblo y solamente uno de cada cinco panameños considera que la seguridad pública ha mejorado.
Resulta difícil aceptar que el grado de delincuencia en que vivimos es responsabilidad de todos y de allí que sea usual que la causa se la atribuyamos a todo menos a la realidad, pero con ello no estamos más que favoreciendo su incremento. Me pareció escucharle, hace algún tiempo, al Jefe de la Policía que aun cuando tengamos dos millones de policías para cuidar a tres millones de habitantes que somos, no basta ya que no se trata de un problema exclusivamente de represión, sino que es un asunto en el que todos debemos colaborar.
En este mismo sentido reproduzco misiva que, en una ocasión, un condenado por asesinato expresaba la rabia y frustración de la mayoría de la población carcelaria, en exacerba acusación formulada en los siguientes términos: "Nosotros, la población penitenciara, somos la vergüenza de la sociedad. Aquí el verdadero crimen es vuestra locura. Millones de personas en esta tierra languidecen abandonados, olvidados... La sociedad no puede emplearlos en el exterior, con lo que paga para mantenerlos encerrados, fuera de su vista, sin oportunidades de rehabilitación espiritual... Yo os digo a vosotros, vanidosos y satisfechos: tened cuidado...Nuestro número está creciendo, nuestro coste se incrementa rápidamente. Construir mayores y mejores... prisiones ya no es la solución a las razones que se esconden detrás de los problemas y de la locura. Sólo provoca que los gritos sean más fuertes y que las consecuencias finales sean más terribles para todos cuando, por fin, ocurra".
De acuerdo con Jeremy Rifkin, autor del libro "El fin del trabajo", el crecimiento del desempleo y la pérdida de esperanzas en un futuro mejor son algunas de las razones por las que decenas de miles de jóvenes incurren en una vida criminal y violenta. En Estados Unidos muchos niños llevan armas sin ningún temor -en Panamá recientemente se denunció un caso-. Más de tres millones de crímenes se producen cada año en las escuelas que se están convirtiendo en fortalezas armadas, con sus salas patrulladas por fuerzas de seguridad y supervisadas por equipos de vigilancia de alta tecnología. Cámaras ocultas, equipos de rayos X y detectores de metales se están convirtiendo en algo completamente normal en las escuelas. Los cada vez más altos costes de seguridad suponen una enorme presión sobre los presupuestos escolares.
La Directora del Instituto de Criminología de la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá, reveló que las estadísticas sobre criminalidad en el país demuestran que cada día los menores de edad delinquen a edades más tempranas, específicamente entre los 8, 10 y 11 años. Según la experta en criminología, las estadísticas señalan que la delincuencia juvenil en Panamá se da mayormente entre los 16 y 18 años, sin embargo ""estamos viendo que la delincuencia se está dando también en menores de 8, 10 y 11 años"".
Advirtió que la violencia mostrada por los jóvenes está sobrepasando la de los adultos, lo que es preocupante para el Instituto de Criminología. Añadió que una ""buena medida preventiva"", para disminuir la delincuencia juvenil, es que ""las escuelas vuelvan a la doble jornada"", porque de esa manera se tendría un control sobre los jóvenes.
Destacó que hay una serie de factores que inciden en la formación de una conducta criminal, pero es el económico uno de los que ""más pesa"", sin embargo dijo que no por ""tener desempleo y pobreza y mala distribución del ingreso debemos aceptar más delincuencia"".
Agarremos al toro por los cuernos y dejémonos de tanta elocuencia. O combatimos la delincuencia según sus reales causas o ella acabará con la sociedad. Hasta tanto no reconozcamos que la pérdida de oportunidades de empleo debido a la globalización y los cambios tecnológicos de producción, así como la mala distribución de la riqueza, han afectado a la juventud de este país, más que a nadie, ayudando a expandir la violencia como una subcultura criminal, nada habremos hecho. La situación se torna cada vez peor y nadie está exento a ser víctima de esta violencia delincuencial.
([email protected])