Análisis

Cinta Costera: cúmulo de voluntades

12/1/18 - 12:00 AM
Que vivan todos los que concurrieron el 9 de enero a la Cinta Costera, pero sobre todos los jóvenes que allí presentes dijeron: "Por nuestra raza, hablará nuestro espíritu".

  • Silvio Guerra Morales | [email protected] |                                             

Los pueblos se expresan. Tienen un lenguaje propio para manifestar o dar a conocer sus disconformidades, desalientos, opresiones, ansiedades. No son ajenos a las formas de expresión propias de un sujeto enfermo o que padece de alguna dolencia. A los pueblos también les da fiebre, resfriados, conjuntivitis, sed, dolores de cabeza, presión arterial alta, problemas estomacales, en fin. Alguna teoría de la ciencia política se ha encargado, en el pasado, de comparar al Estado con un ser vivo (Teoría de Ratzel). De ser cierta esta teoría, el único ser realmente vivo, elemento fundamental del Estado, lo sería el pueblo, los restantes son estructuras "cósicas", administrativas, políticas, instituciones. Como el pueblo siente y padece, ama y sufre, las reacciones, valga la pena compararlas, aunque tal vez sea tildada de poco feliz la comparación, suelen ser similares o parecidas con lo mismo que suele darse en las relaciones de parejas. Acontece igual entre los gobiernos y los pueblos. Solo que hay una variable: los pueblos, he venido insistiendo, siempre tienen, desde la perspectiva sociológica, la razón social de su lado. Grave error, craso error, luego, y la historia así lo demuestra, cometen los gobiernos que confrontan al pueblo y caen en el penoso error de entrar en confrontaciones o rivalidades con el soberano –entiéndase, el pueblo-.

Nunca gobierno alguno, sea de la clase que fuere, ha podido sostenerse en pie cuando el tsunami que genera la impetuosa fuerza de un pueblo expresándose o manifestándose en protestas públicas, grita su ansiedad o desesperación. La fuerza del pueblo, que en las democracias se viabiliza a través del voto, en la actividad de ser ente gobernado, se transforma en pancartas, consignas, gritos, protestas, cierres de calles, redes sociales que expresan disconformidad, decepción generalizada, etc. No entendemos cómo, luego, todo un Consejo de Gabinete es congregado –apartándose de este modo de sus altos fines y propósitos constitucionales- para censurar a quienes, con justas razones –y es su derecho inalienable-, se manifestaron en fecha de 9 de enero del año que recién se inicia en la Cinta Costera. La censura no se quedó allí, en meras observaciones de exigencia de respeto, sino que, a mi juicio, trascendió al nivel de amenazas vedadas en contra de quienes dirigieron y gritaron consignas. Esto es peligroso. Muy peligroso. Insisto, el gobierno nunca ha debido salir a expresarse ante el pueblo, viendo a este como un rival a quien hay que atacar y apagar. Bomba, dinamita, que puede explotar es atacar a los manifestantes a quienes el pueblo panameño les da la razón y agradece que haya voces que griten por quienes no lo hacen, que clamen por quienes no lo hacen, que luchen por quienes no se atreven a hacerlo. Pretender convertir a la patria, a la nación entera, en un tinglado de "puño y patadas", no conduce, señores del Gobierno, a nada bueno.

Época pasada en nuestro suelo acredita que las armas, los fusiles, los toletes no doblegaron a este pueblo ante el ejercicio de su derecho legítimo a manifestarse, a hablar. Pretender silenciar a un pueblo unido con amenazas es simple y sencillamente disparar pólvora al aire. Cada amenaza no hace otra cosa que inflamar, aún más, la llama de rebeldía latente que de un Bayano, Felipillo, Urraca, Victoriano Lorenzo, por mencionar a algunos, cada ciudadano lleva dentro de sí y que se engrandece cuando ve que se le pisotea en su dignidad, en sus derechos, y también cuando advierte que la democracia en la cual ha creído es un perverso engaño, pantomima vulgar de los auténticos gobiernos democráticos. Un pueblo que sale a decir que está harto y cansado de los discursos de mentira, palabreríos de pacotillas, que inducen a la decepción y a la frustración ciudadana. Contrario a generar rivalidad, el gobierno, aun cuando parezca ser tardío, debe instar los diálogos, presentar soluciones parar la opresión, las amenazas y la persecución política. El discurso de la lucha contra la corrupción, aun cuando pueda ser sincero, no acredita transparencia ni objetividad.

Su pecado mayor ha sido ser una lucha contra la corrupción de carácter selectivo, y con ese epíteto se destruye toda posibilidad de que el pueblo lo pueda creer o asimilar.

Que vivan todos los que concurrieron el 9 de enero a la Cinta Costera, pero sobre todos los jóvenes que allí presentes dijeron: "Por nuestra raza, hablará nuestro espíritu".

Abogado