Epicentro

Por qué seguir

04/12/17 - 12:00 AM
Hay hogares con niños y con sueños, pero sin agua ni esperanza; educadores que tienen la sagrada vocación de la enseñanza; madres valerosas que sostienen solas sus familias. Quien no vea estas realidades, no las puede comprender, y vive relegado en una fría estadística que inútilmente muestra lo contrario...

  • Arnulfo Arias O./[email protected]/                                            

Mientras unos hacen de sus vidas una vocación de desprestigio sistemático hacia todo aquel que se dedique a la política o a la vida pública; algunos otros, con verdadera vocación genuina, se hacen eco de un llamado que persiste en ellos durante el curso de sus vidas.

En nuestro país, más de 500,000 panameños viven en pobreza extrema, entendido este concepto como aquella situación social en la que el individuo se sostiene con un promedio de US1.25 por día; un millón de personas, en promedio, viven algún grado de pobreza y de necesidad; y el 54% de los habitantes de las áreas rurales son catalogados como miembros pobres de nuestra sociedad. Es decir que, hoy por hoy, hay cientos de miles de voces despojadas de formas de expresión esperando que a alguien les importe, por encima de una urna electoral y más allá de un voto cada 5 años. Muchos de ellos, tienen hijos enfermos, porque la salud cuesta y ellos no pueden comprar salud; otros hacen enormes esfuerzos por educar a sus hijos, y los impulsan a dejar la vida relajada de sus montes para internarse en el reto de la superación personal; otros trabajan honrada y duramente por llevar el pan a sus hogares y sólo piden que no cese la oportunidad de hacerlo. Todavía hay hombres y mujeres esforzados y valientes en medio de sus necesidades, y son esos los que inspiran a la solidaridad humana con su ejemplo. Hay hogares con niños y con sueños, pero sin agua ni esperanza; educadores que tienen la sagrada vocación de la enseñanza; madres valerosas que sostienen solas sus familias. Quien no vea estas realidades, no las puede comprender, y vive relegado en una fría estadística que inútilmente muestra lo contrario, leyendo una impresión que choca y es insulto a nuestra realidad.

En las profundidades de nuestra campiña, he visto niños muy pequeños, no más grandes que los míos, que para ir hasta su escuela deben remar a diario en sus piraguas, solos y sin supervisión. ¿Acaso los padres de esos niños no sufren por la angustia de verlos así expuestos al peligro? Claro que sí, pero saben que la educación libera al hombre de las garras de la necesidad apremiante. En nuestras latitudes, servir fielmente a los propósitos de propiciar cambios sociales no es una vocación inútil, sino una responsabilidad de cada ciudadano que haya superado en forma permanente el estado de carencia básica que muchos sufren hoy en día.

Abogado