Hegel y el espejo
Publicado 2001/09/05 23:00:00
De acuerdo al filósofo Hegel, el deseo por ser reconocido es uno de los impulsos fundamentales del ser humano. Este impulso -sano y natural en principio- puede devenir, sin embargo, en algo malsano y artificial. Esto acontece cuando buscamos la autorrealización y felicidad en el reconocimiento, como un fin en sí mismo, no como un medio para el conocimiento de nosotros mismos. En otras palabras, cuando el sentido y valor de nuestras existencias depende enteramente de la estima o aprecio del otro.
Esta situación es el preámbulo de una alienación (otro concepto de Hegel) o el preludio de una paranoia (siguiendo a Freud y Lacan), pues, en estos casos, lo que nos hace felices y realizados es la imagen que el otro tiene de uno mismo, no la realidad misma de lo que somos. Así, pues, nos identificamos con una imagen externa y deseamos vernos reflejados en ella. El deseo o impulso por ser reconocidos encuentra singular manifestación en innumerables acciones humanas. Entre ellas, hallamos la lucha por el poder, la riqueza, o la fama.
En todas estas actividades, los hombres y mujeres buscan ser apreciados y ansian ser estimados por la idea u opinión de los demás. De esta manera, los seres humanos desean verse reflejados en los ojos del otro, como si la mirada o visión ajena fuera el espejo fiel de su naturaleza. Ante la alienación o paranoia por el reconocimiento del otro, hay que afirmar, no obstante, la siguiente verdad: el reconocimiento de los demás está sujeto a la visión limitada e imperfecta de los otros. ¿nicamente Dios nos podría ofrecer un perfecto e infinito conocimiento de quienes realmente somos, más allá de la vista condicionada por los prejuicios y pasiones humanas.
Por lo anterior, también debemos afirmar este hecho: existen hombres y mujeres justos que no son vistos por el mundo (y que no quieren o no pueden ser vistos), pero que -inadvertidamente- se convierten en los "secretos pilares del universo". Nos referimos a todos aquellos oprimidos y suprimidos -injusta y cruelmente- por sistemas políticos, económicos, religiosos, jurídicos, y burocráticos, entre demasiados otros. Verdaderos seres humanos que no son vistos o reconocidos por diversos sistemas de opresión y supresión pero que, sin embargo, existen y que, gracias a ellos, nosotros también existimos. Estos individuos, cuyos nombres no están inscritos en la historia escrita por los hombres, existen eternamente en el "libro de la vida", en la mente y corazón de Dios. Sólo Dios posee la verdadera imagen -y realidad- de lo que somos.
Esta situación es el preámbulo de una alienación (otro concepto de Hegel) o el preludio de una paranoia (siguiendo a Freud y Lacan), pues, en estos casos, lo que nos hace felices y realizados es la imagen que el otro tiene de uno mismo, no la realidad misma de lo que somos. Así, pues, nos identificamos con una imagen externa y deseamos vernos reflejados en ella. El deseo o impulso por ser reconocidos encuentra singular manifestación en innumerables acciones humanas. Entre ellas, hallamos la lucha por el poder, la riqueza, o la fama.
En todas estas actividades, los hombres y mujeres buscan ser apreciados y ansian ser estimados por la idea u opinión de los demás. De esta manera, los seres humanos desean verse reflejados en los ojos del otro, como si la mirada o visión ajena fuera el espejo fiel de su naturaleza. Ante la alienación o paranoia por el reconocimiento del otro, hay que afirmar, no obstante, la siguiente verdad: el reconocimiento de los demás está sujeto a la visión limitada e imperfecta de los otros. ¿nicamente Dios nos podría ofrecer un perfecto e infinito conocimiento de quienes realmente somos, más allá de la vista condicionada por los prejuicios y pasiones humanas.
Por lo anterior, también debemos afirmar este hecho: existen hombres y mujeres justos que no son vistos por el mundo (y que no quieren o no pueden ser vistos), pero que -inadvertidamente- se convierten en los "secretos pilares del universo". Nos referimos a todos aquellos oprimidos y suprimidos -injusta y cruelmente- por sistemas políticos, económicos, religiosos, jurídicos, y burocráticos, entre demasiados otros. Verdaderos seres humanos que no son vistos o reconocidos por diversos sistemas de opresión y supresión pero que, sin embargo, existen y que, gracias a ellos, nosotros también existimos. Estos individuos, cuyos nombres no están inscritos en la historia escrita por los hombres, existen eternamente en el "libro de la vida", en la mente y corazón de Dios. Sólo Dios posee la verdadera imagen -y realidad- de lo que somos.

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