Sobre la escuela política criolla

05/3/18 - 12:00 AM
Con los grandes cerebros nacionales los que, a los principios de nuestra República, comenzaron a impulsar los mecanismos para que se concibiera la nación que ellos mismos no verían, pero estaban muchos de ellos impulsados por una verdadera conciencia de la nacionalidad y un espíritu social.

  • Arnulfo Arias Olivares/ [email protected]                                            

“El espíritu de la democracia es creer en la grandeza de todos”.

Dr. Harold Case

Todavía, al igual que muchos, tengo la buena capacidad de sorprenderme cuando veo alguno que otro político criollo, de esos que se han amamantado en un mal sistema de valores éticos, pavonearse y alardear que la experiencia, su experiencia, en puestos públicos, es la mejor carta de presentación a los votantes. A ellos quiero recordarles que es precisamente esa “experiencia” de malos caminos y trochas incompletas, las que han llevado al desafuero y al error político que hoy vive la nación. Como votante, confiaría la cosa pública con más desprendimiento en un ama de casa que sabe administrar lo poco para que sus hijos tengan mucho, que en un ingenio de la economía global que sabe poco, o casi nada, de la vida diaria y del acoso de la necesidad social de nuestra población. La primera guarda en sí una preocupación genuina por lo que será mañana la nación, hogar para los suyos; el otro, lee todas las mañanas el “Wallstreet Journal” sin saber que muchos simplemente tienen por delante lo que deben hoy comer.

La especialidad se necesita, y no se le desprecia. Son los grandes cerebros nacionales los que, a los principios de nuestra República, comenzaron a impulsar los mecanismos para que se concibiera la nación que ellos mismos no verían, pero estaban muchos de ellos impulsados por una verdadera conciencia de la nacionalidad y un espíritu social. Sabían que aquí, en este suelo, y lado a lado con sus compatriotas, también les tocaría dejar a un lado los afanes de la vida. Pero hoy, por alguna razón, se ha multiplicado en los actores de la vida pública, el ansia de perpetuidad, el vicio intoxicante de la reelección, el trato señorial, pero engañoso, de los cargos públicos y una genuina aberración por el papel del ciudadano, que es quien verdaderamente los coloca allí.

No confiemos, pues, en los que exhuman el cadáver de las experiencias malas de haber servido ya en un cargo público, guardemos la distancia de los que se venden en escaparate de magnificencia, pero que carecen de la sensibilidad social que es hoy tan necesaria para identificarse con el resto de la población. No todo lo que en la nación se ha hecho, se hizo mal, pero mientras la brújula nos empuje a la aspiración de grandes cosas sin atender primero las que son pequeñas, nada bueno hará progreso hacia nuestro futuro patrio. Mientras cientos de miles de menores deban dejar su educación porque las aqueja un estado de embarazo en su temprana adolescencia; mientras en nuestras comarcas existan esos índices de pobreza que superan, en proporción, los que vive un Africa lejano; mientras vivamos divididos en naciones de pobreza y de riqueza, más acá del puente, más allá del puente, se requiere primordialmente de coraje para reconocer nuestros errores y edificar esta nación desde sus propios fundamentos ciudadanos hacia las colinas del poder sensato, que no olvida nunca de donde ha venido y a donde ha de regresar.

Abogado