Memorias de Miss Panamá
Publicado 2003/05/26 23:00:00
- Errol E. Caballero
Cuando en el año de 1952 se realizó el primer Miss Panamá para Miss Universo, los organizadores tenían dificultades para conseguir concursantes, ya que las jóvenes de aquella época eran, por lo general, demasiado tímidas y recatadas como para inscribirse en un certamen de belleza por iniciativa propia.
Audrey Kline, quien en esa época estaba encargada de las relaciones públicas del Hotel El Panamá, lugar donde se realizó el Miss Panamá de aquel año, recuerda que una amiga y colaboradora suya, Manuela Alemán Tribaldos, se trasladó a caballo hasta una finca que quedaba en las afueras de la comunidad de Concepción, en la provincia Chiriquí, atraída por el rumor de que en lugar vivía una “muchacha bien bonita”. Cabe recordar que en ese tiempo se intentaba escoger una concursante por provincia.
Una vez se hubieran seleccionado las 20 finalistas, el siguiente reto que tuvieron que confrontar Kline y las demás personas involucradas en la organización del certamen fue a una sociedad demasiado conservadora, que no estaba acostumbrada a presenciar grupos de jóvenes desfilando en traje de baño en una pasarela.
Es por ello que se decidió realizar la competencia en traje de baño en la Isla de Taboga, para lo que se tuvo que trasladar en bote no sólo a las 20 finalistas, si no también a los nueve jurados y a un miembro de la familia de cada uno de las concursantes, cuyas edades, según recuerda Kline, fluctuaban entre los 19 y 23 años.
A lo largo de aquella época se mantendría la costumbre de que las finalistas siempre estuvieran acompañadas por chaperonas durante sus compromisos sociales. Cuando se encontraban lejos de sus casas esta función sería llevada a cabo por la propia Kline y por dos asistentes.
Este fue el caso cuando las cinco finalistas de 1952 viajaron a Colombia como parte de uno de sus premios, que también incluían viajes a Hollywood, Estados Unidos, y a Cuba. Kline asegura que cuando las bellezas panameñas arribaron al vecino país había muchos jóvenes de la clases pudientes de la sociedad colombiana que anhelaban salir con ellas.
Todas las finalistas acudieron a sus citas acompañadas por una chaperona, excepto una que logró escapar la férrea vigilancia de Kline. La relacionista confrontó a la muchacha, quien le espetó que en su casa su madre la dejaba salir con absoluta libertad, a lo que Kline respondió con severidad: “Aquí en Colombia yo soy tu mamá”.
A pesar de la perenne supervisión de las chaperonas durante sus viajes, al parecer las jóvenes preferían la presencia de estas últimas a la de sus madres, quienes las ponían nerviosas con sus excesivos cuidados. Kline tuvo que esforzarse mucho para mantener a las madres alejadas de las actividades de sus hijas, ya que éstas querían estar involucradas hasta en el último detalle, especialmente con respecto a la apariencia de sus hijas.
Como ejemplo de la influencia que las madres ejercían sobre sus hijas en aquella época, Kline destacó el caso de Emita Arosemena, Miss Panamá en el año de 1954, a quien le ofrecieron un pequeño papel en una producción de Hollywood, el cual rechazó por presión de su familia para que regresara a su tierra natal
Otra anécdota curiosa de aquella época es el hecho de que el jurado debía quedarse encerrado en una habitación hasta que alcanzarán una decisión con respecto a cuáles serían las finalistas. Si se llegaba a un empate tenían que botar nuevamente.
Kline rememora que la decisión de los jurados le era anunciada a las concursantes mientras las misma se hallaban en los vestidores. La idea era que una vez que hicieran su ingreso en el escenario las jóvenes estuvieran más tranquilas, y reaccionaran con una sonrisa
Audrey Kline, quien en esa época estaba encargada de las relaciones públicas del Hotel El Panamá, lugar donde se realizó el Miss Panamá de aquel año, recuerda que una amiga y colaboradora suya, Manuela Alemán Tribaldos, se trasladó a caballo hasta una finca que quedaba en las afueras de la comunidad de Concepción, en la provincia Chiriquí, atraída por el rumor de que en lugar vivía una “muchacha bien bonita”. Cabe recordar que en ese tiempo se intentaba escoger una concursante por provincia.
Una vez se hubieran seleccionado las 20 finalistas, el siguiente reto que tuvieron que confrontar Kline y las demás personas involucradas en la organización del certamen fue a una sociedad demasiado conservadora, que no estaba acostumbrada a presenciar grupos de jóvenes desfilando en traje de baño en una pasarela.
Es por ello que se decidió realizar la competencia en traje de baño en la Isla de Taboga, para lo que se tuvo que trasladar en bote no sólo a las 20 finalistas, si no también a los nueve jurados y a un miembro de la familia de cada uno de las concursantes, cuyas edades, según recuerda Kline, fluctuaban entre los 19 y 23 años.
A lo largo de aquella época se mantendría la costumbre de que las finalistas siempre estuvieran acompañadas por chaperonas durante sus compromisos sociales. Cuando se encontraban lejos de sus casas esta función sería llevada a cabo por la propia Kline y por dos asistentes.
Este fue el caso cuando las cinco finalistas de 1952 viajaron a Colombia como parte de uno de sus premios, que también incluían viajes a Hollywood, Estados Unidos, y a Cuba. Kline asegura que cuando las bellezas panameñas arribaron al vecino país había muchos jóvenes de la clases pudientes de la sociedad colombiana que anhelaban salir con ellas.
Todas las finalistas acudieron a sus citas acompañadas por una chaperona, excepto una que logró escapar la férrea vigilancia de Kline. La relacionista confrontó a la muchacha, quien le espetó que en su casa su madre la dejaba salir con absoluta libertad, a lo que Kline respondió con severidad: “Aquí en Colombia yo soy tu mamá”.
A pesar de la perenne supervisión de las chaperonas durante sus viajes, al parecer las jóvenes preferían la presencia de estas últimas a la de sus madres, quienes las ponían nerviosas con sus excesivos cuidados. Kline tuvo que esforzarse mucho para mantener a las madres alejadas de las actividades de sus hijas, ya que éstas querían estar involucradas hasta en el último detalle, especialmente con respecto a la apariencia de sus hijas.
Como ejemplo de la influencia que las madres ejercían sobre sus hijas en aquella época, Kline destacó el caso de Emita Arosemena, Miss Panamá en el año de 1954, a quien le ofrecieron un pequeño papel en una producción de Hollywood, el cual rechazó por presión de su familia para que regresara a su tierra natal
Otra anécdota curiosa de aquella época es el hecho de que el jurado debía quedarse encerrado en una habitación hasta que alcanzarán una decisión con respecto a cuáles serían las finalistas. Si se llegaba a un empate tenían que botar nuevamente.
Kline rememora que la decisión de los jurados le era anunciada a las concursantes mientras las misma se hallaban en los vestidores. La idea era que una vez que hicieran su ingreso en el escenario las jóvenes estuvieran más tranquilas, y reaccionaran con una sonrisa

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