Mensaje

¿Qué es la vida?

13/1/18 - 12:00 AM
Debemos presentar, personal y comunitariamente, una cultura de la reconciliación. Debemos ser mensajeros de la paz, viviéndola intensamente. Este es un momento decisivo en nuestra patria y todos tenemos que promover la civilización del amor.

  • Rómulo Emiliani/[email protected]/                                            

La vida es un don de dios y es sagrada.  Este concepto tan inherente a la espiritualidad hindú y budista y vivida también por nuestra cultura indígena latinoamericana, ha sido proclamado siempre por el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo y la Iglesia lo cree firmemente.  Pero en la práctica hemos tenido tantos infortunios  históricos, en parte por los conflictos bélicos entre naciones y aún entre religiones, en donde se han bendecido las guerras y sus armas, desde las espadas y lanzas, pasando por los tanques y aviones, y se ha pedido la intervención divina para que gane alguno de los contendientes, cosa que implica la destrucción del contrario.

Se ha empleado el concepto de guerra justa  y algunas veces de “santa guerra” y se ha satanizado al contendor. Siempre “el otro” es el agresor y merece ser derrotado, pidiendo el auxilio divino. Ejemplo: Las guerras entre musulmanes e hindúes que hicieron sufrir tanto a Gandhi y lo llevó a sus extremas huelgas de hambre,  o entre el Islam y la Europa medieval católica; también el papado, en algunos momentos, contra reyes europeos, pasando por los conflictos entre muchos grupos indígenas en la América precolombina, o entre los europeos católicos y los pueblos indios de América, o las terribles y sangrientas luchas tribales en África. En la guerra civil norteamericana, los del norte y los del sur invocaban al Dios cristiano, al igual que en las dos guerras mundiales, se enfrentaron cristianos siempre pidiendo el apoyo de Dios y con sus capellanes bendiciéndolos. Todos oraban y se lanzaban entonces a  destruirse. Se justificaba el matar y hasta en nombre de Dios, sea en guerra o después con la pena de muerte y siempre, supuestamente bendecidos por el poder divino.

Hay una anécdota histórica  en la primera guerra mundial en un frente  en el que  combatían los alemanes contra los ingleses y escoceses.  En la noche de navidad en una pequeña tregua,  se escuchaban en ambos ejércitos atrincherados la canción “Noche de paz” en sus lenguas e inclusive con las gaitas escocesas…un soldado alemán, embriagado,  sale de la trinchera con una botella de licor y comienza a caminar hacia el otro frente cantando y para sorpresa de todos, un par de ingleses hacen lo mismo.  Total, al final terminaron jugando fútbol tres días los soldados que eran enemigos entre sí. Eran jóvenes de 18 a 27 años, fraternizando y olvidando momentáneamente lo horroroso de esas guerras absurdas.  Después, por orden de sus altos jefes al enterarse del suceso, reanudaron los combates y siguieron matándose sin saber porqué. 

¿Y que pensará Dios? Esta pregunta parecería sobrar, pensando que Dios siempre está a favor de los buenos y los protege.  Es común en los salmos leer peticiones para que Dios intervenga y derrote a los enemigos que agreden a los  buenos.  Por otro lado siempre  tendemos a ponernos, todos, en la fila de los buenos y a sentir que “el otro” está equivocado y  es el malo Pero, una pregunta: ¿quiénes son y dónde están los buenos?  Segundo: ¿Dios quiere que los supuestamente buenos luchen y destruyan al contrario para demostrar que son buenos y que Dios está con ellos?  Vuelvo  a preguntar: ¿y qué pensará y querrá Dios?   Creo que él dice que todos somos buenos porque fuimos creados por Él y no quiere que nos matemos por ninguna razón y que debemos buscar formas adecuadas para resolver nuestros conflictos, sin llegar jamás a derramar la sangre de nadie. Este será el gran reto del siglo XXI, superar las guerras y lograr la civilización del amor.

Pero veamos más profundamente qué quiere Dios: Primero,  desde el Nuevo Testamento, revelación suprema, ya que la Palabra se hizo carne,   se manifiesta que toda vida es sagrada y merece respeto y protegerla es señal de estar con Dios.  Segundo, en toda vida hay presencia y manifestación divina, por lo que Dios está en todo y en especial en los seres humanos. Lo que hagamos a alguien se lo hacemos al Señor.  Este principio es vital en el Nuevo Testamento, al extremo de que nos jugamos la vida eterna de acuerdo a cómo tratemos a los seres humanos. Aplicar este concepto al respeto a la naturaleza nos convertiría en defensores genuinos de nuestros bosques, ríos y mares.  Tercero, el auténtico culto a Dios implica no solamente las oraciones y demás ritos litúrgicos necesarios para nuestra vida espiritual, basados en lo esencial que es  la Palabra y los Sacramentos, sino  también la defensa del pobre, del marginado y excluido y su promoción humana.

Por eso la importancia de la doctrina social de la iglesia  y la pastoral social, además de la evangelización intensa.  Conceptos como el de la dignidad humana, el respeto a la vida y al Bien Común,  la solidaridad  y la comunión en la diversidad, respetando la opinión de los que no piensan como uno, (tolerancia y diálogo), hasta el de la austeridad y sencillez de vida para no acaparar bienes innecesarios, como el de promover una economía solidaria, donde los más pobres se puedan organizar en micro empresas, cooperativas y demás, todo eso es parte del trabajo y misión de la Iglesia.  

La iglesia, en constante purificación, acepta los fallos en su pasado y pide perdón por eso y busca vivir más intensamente el Evangelio.  Por eso lucha en favor de la vida en todas sus manifestaciones y defiende los derechos de todos, tanto de los pobres y discapacitados, los presos e indocumentados, las mujeres y los niños abandonados y está en contra de la pena de muerte, el aborto y la eutanasia y de toda injusticia social, marginación y exclusión. Es una constante de la Iglesia, la asistencia a los pobres y ha sido y es la institución que en el mundo tiene más entidades a favor de todos los que sufren en todas sus variadas manifestaciones.  Un simple ejemplo: Hoy  día, las hermanas de Calcuta están dedicadas, entre otras cosas, a los enfermos del sida y los hermanos de San Juan de Dios, siguen asistiendo, al igual que hace cinco siglos, a los enfermos mentales.

¿Cómo tomar conciencia en nuestra Honduras con un promedio de 82 asesinatos por cada cien mil habitantes, de que la vida es sagrada?  ¿Cómo detener esta ola irracional y casi diabólica de violencia que enluta diariamente a unas 19 familias?  Esa es nuestra tarea y reto; crear una nueva cultura de la paz, del respeto a la vida y de la solidaridad, donde todos amemos la vida y la defendamos, asegurando un mejor futuro para todos los que habiten en esta hermosa pero sufrida tierra.

Para eso hay que evangelizar a tiempo y destiempo, usando todos los medios posibles y seguir promoviendo la caridad inteligente en todas nuestras parroquias y orar con insistencia por la paz de nuestro pueblo. De hecho estamos viviendo un tiempo de una irracional y aberrante violencia, casi diabólica, y sabemos que nuestra lucha es contra poderes infernales y solo el Poder Divino es infinitamente más grande que el mal. 

También tenemos que sanar nuestra mente enferma, porque volviendo al principio de nuestra exposición, tenemos ya los síntomas propios de pueblos en situación de guerra: miedo colectivo y odio acérrimo al que nos agrede; Buscar cómo atacar al contrario en venganza y reducirlo a cenizas aplicando un concepto de justicia al margen de la ley por la impunidad que hay; acostumbrarse a la muerte violenta viéndola como algo natural; crecimiento de una cultura de la muerte, donde uno ya se convierte en un virtual combatiente que desea la muerte de "los otros", de los considerados "malos", sin analizar las causas del porqué hay tanta delincuencia y tanta destrucción.  Debemos presentar, personal y comunitariamente, una cultura de la reconciliación. Debemos ser mensajeros de la paz, viviéndola intensamente.  Este es un momento decisivo en nuestra patria y todos tenemos que promover la civilización del amor.  No es nada fácil, solo con el poder divino es posible.

Monseñor