Puertas blindadas en las cabinas de los pilotos, controles drásticos en los aeropuertos, perros detectores de explosivos, agentes de seguridad de incógnito en algunos vuelos: la seguridad aérea fue reforzada después del 11 de septiembre y el cielo está alerta.
Las puertas que separan la cabina de pilotaje de los pasajeros en un avión de línea son generalmente de plástico e incluso están cerradas con pestillos que se rompen de un espaldarazo.
Durante los atentados, los terroristas irrumpieron en las cabinas para apoderarse de los mandos y lanzarse contra las torres gemelas y el Pentágono.
Para proteger mejor el puesto de mando de este tipo de agresiones, los aviones de línea de más de 60 pasajeros deberán disponer de una cabina con puerta blindada antes del 1 de noviembre de 2003, según una decisión de la Organización de la Aviación Civil Internacional (OACI).
Para los aviones más pequeños, principalmente los jets regionales, la instalación de esta puerta blindada sólo es recomendada por esta instancia de la ONU cuyas decisiones son ejecutorias para los 187 Estados miembros.
La puerta de la cabina deberá permanecer cerrada con cerrojo durante el vuelo y sólo los pilotos podrán abrirla desde dentro. Dispondrán de un equipo de vídeo que les permitirá ver en una pantalla quién pide acceso y de un mando de apertura a distancia.
Poco después de los ataques, varias grandes compañías aéreas de EU y europeas tomaron medidas para reforzar las puertas de las cabinas de sus aparatos.
Dos grandes constructores aeronáuticos, Airbus y Boeing, proponen modelos estándar de puertas, los que incluyen fijaciones y bisagras reforzadas, un panel principal a prueba de balas, un cerrojo eléctrico y un dispositivo de entrada electrónica codificados con ayuda de un teclado situado en la cabina.
En tierra, en los aeropuertos, también se reforzaron los controles de los viajeros y de sus equipajes.
Los pasajeros sólo tienen derecho a una bolsa de mano y no pueden llevar encima o en su equipaje ningún objeto punzante, cortante o contundente que pueda ser utilizado como arma ofensiva. Una pequeña navaja o unas tijeritas de uñas pueden ser incautadas antes del embarque.
El equipaje facturado se pasa sistemáticamente por rayos X y en los grandes aeropuertos aparecieron perros detectores de explosivos.
Además, en el momento de subir a bordo, cada pasajero tiene que presentar un documento de identidad junto con su tarjeta de embarque. Las compañías se aseguran también de que todos los pasajeros que facturaron equipaje se encuentran a bordo del aparato.
Para facilitar estos controles, las aerolíneas tuvieron que adelantar un promedio de 15 minutos la hora límite para que los pasajeros puedan sacar su tarjeta de embarque.
Algunas compañías, como El Al o Air France, contrataron a agentes de seguridad que se instalan, de incógnito, entre los demás pasajeros en algunos vuelos. United Airlines, que perdió dos aviones, anunció su intención de equipar sus aviones con nuevas pistolas paralizantes en cuanto obtenga la autorización de las autoridades federales.
La preparación contra una amenaza bioterrorista se hizo urgente en el espíritu de los estadounidenses una semana después de los ataques; una psicosis a la que las cartas con ántrax dieron fundamento menos de un mes más tarde.
Desde el 15 de septiembre, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, advertía que los terroristas “pueden amenazarnos con una guerra química, biológica”. Quince días más tarde era toda la administración estadounidense la que se movilizaba para tratar de calmar la psicosis que se apoderaba del país, con el secretario de Salud, Tommy Thompson, contando las existencias de vacunas, antibióticos y equipos médicos distribuidos en todo el país.
Los primeros detectores de sustancias químicas instalados en camiones del Ejército comenzaban a aparecer alrededor de la Casa Blanca, y el Metro de Washington se equipaba para detectar productos tóxicos en su sistema de ventilación.
Sin embargo, el ataque real tomó forma de inocentes cartas timbradas con sellos de 34 centavos contaminadas con el bacilo del ántrax, expedidas desde una pequeña localidad de Nueva Jersey y destinadas a la prensa y a algunos congresistas.
El editor de fotografía de un tabloide de Florida fue el primero en morir, el 5 de octubre, de carbunco, que es la enfermedad provocada por esta bacteria. Los atentados provocaron cinco muertos en total.
Sin nexo aparente con los terroristas de NY, este primer acto de bioterrorismo contra la población de EU transformó el temor en realidad.
Lenta y sin resultados, la investigación sobre las cartas contaminadas se orienta hacia el medio científico de EU, por la similaridad de la cepa de la bacteria utilizada y el modo de tratamiento químico de sus esporas con las prácticas de los laboratorios de EU.
El FBI interrogó a una veintena de bioquímicos que pudieron haber tenido acceso al bacilo y no excluye que su autor sea un “sabio loco”, deseoso de demostrar la vulnerabilidad del país a las armas bacteriológicas y químicas.