El cónclave es la asamblea de los cardenales electores constituida para escoger al Papa y según la última reforma del procedimiento, de 1996, la fórmula de elección es el voto secreto por mayoría de dos tercios, o bien por mayoría absoluta.Así lo dispone la Constitución Apostólica "Universi Dominici Gregis", cuyo título es "La vacante de la Sede Apostólica y la elección del Romano Pontífice".
CUANDO EL jefe de la Iglesia Católica muere, su sucesor es elegido por los cardenales reunidos en cónclave en la Capilla Sixtina, en donde permanecen aislados del mundo.
En dos milenios de historia, la Iglesia Católica ha modificado muchas veces el procedimiento para elegir un Papa hasta que finalmente llegó a la fórmula actual.
La Biblia no precisa la modalidad para escoger al sucesor de San Pedro.
La intervención de reyes, de influyentes familias e incluso de ejércitos en la elección de los pontífices provocó la decisión de Nicolás II de publicar en 1060 la bula In Nomine Domini.
Ese texto codificó por primera vez la elección de los Papas y determinó en forma duradera que la elección quedara reservada exclusivamente a los cardenales.
El poder de los purpurados se mantuvo intangible a través de las decenas de modificaciones que se introdujeron después.
El 21 de noviembre de 1970, Pablo VI definió las características actuales del colegio electoral: la edad límite de un cardenal para participar en una elección es de 80 años y el número máximo de electores es 120 cardenales.
Juan Pablo II confirmó estas normas en febrero de 1996 en su constitución apostólica "Universi Domini Gregis".
En los últimos años, debido a la internacionalización creciente del colegio de cardenales, se ha vuelto cada vez más difícil predecir el resultado de un cónclave.
A comienzos del siglo XX, tres cuartas partes de los cardenales eran italianos: 31 sobre 41 y, de los 10 restantes nueve, eran de otros países europeos.
Después del consistorio de 1991 los cardenales europeos dejaron de controlar la mayoría del cónclave.
La elección de un Papa debe desarrollarse al margen de toda presión en un cónclave (cum clave: con llave), que les garantiza estar cortados del mundo externo.
Ese aislamiento existe desde 1271 cuando los cardenales no lograban ponerse de acuerdo para nombrar a un Papa y los católicos de Viterbo (Italia) los encerraron con llave manteniéndolos a pan y agua para incitarlos a decidir más rápidamente.
El elegido, Gregorio X, convirtió esa práctica en regla, con excepción del pan y el agua.
Actualmente, los cardenales electores permanecen igualmente aislados, pero asistidos por un cocinero y un médico.
Juan Pablo II decidió en febrero de 1996 que los grandes electores podrán utilizar una residencia muy cercana a la basílica San Pedro capaz de albergar a los 120 cardenales en pequeños apartamentos con todas las comodidades.
Hasta el último cónclave de 1978, los príncipes de la Iglesia se instalaban en el palacio apostólico en condiciones muy poco confortables.
Los cardenales entran en cónclave 15 días como mínimo o 20 como máximo después de la muerte de un Papa.
Pasan en cortejo de la Capilla Paulina a la Capilla Sixtina y detrás de ellos se cierran enseguida las puertas y se aguardan las llaves.
Los cardenales no tienen derecho a votar por su propia candidatura y, además, cada uno debe jurar que respetará el secreto del voto y aceptará el resultado.
Juran también que cualquiera de ellos que sea elegido, nunca renunciará a reivindicar la plenitud de los derechos del pontífice romano.
El voto tiene lugar en la Capilla Sixtina con dos escrutinios matinales y dos vespertinos.
Las papeletas de voto son quemadas. La incineración de esos papeles, gracias a un combustible pesado, produce el humo negro que sale por la chimenea del Vaticano cada vez que el voto arroja un resultado insuficiente.
Resulta elegido el cardenal que obtiene dos tercios de los votos más uno.
Conocido el resultado, el decano de los cardenales le pregunta al electo si acepta y, en caso afirmativo, éste queda automáticamente nombrado Papa y su jurisdicción se extiende de inmediato a todos los católicos del mundo entero.
El elegido debe entonces anunciar públicamente el nombre que utilizará como pontífice.
Terminado ese proceso, por la chimenea del Vaticano sale un humo blanco que anuncia el resultado de la elección.
Eufóricos por el desenlace, la masa de católicos que se congrega a diario en la Plaza de San Pedro proclama a gritos la noticia: "Habemus Papa" ("Tenemos Papa").