N o se cuándo empecé a soñar, ni cuando una lágrima tímidamente salió a flote. Sólo se que ese día decidí ser periodista deportivo y más que eso, periodista de fútbol.
Llegué a mi casa sin mucho afán, le iba a Francia por dos razones, una, por ser el más débil, dos porque los fanáticos de la albiceleste somos así (mea culpa, así es el fútbol, tenía 17 años).
Mi padre y casi todo el país poseían su camiseta "verde amarelha" y cuando nadie lo esperaba, cuando la película no tenía héroe, ni chica Bonds, apareció un mago, que en un salto levantó al mundo, rompió corazones, hizo olvidar a Napoleón, revivió el Arco del Triunfo, transformó a Víctor Hugo en un simple escritor y llevó a Francia el éxtasis del fútbol.
El Mago volvió a saltar para el 2-0, después Petit finiquitó, y Francia explotó. ¿Quién lo iba a pensar? Fue el lanzamiento del más grande futbolista de los últimos 15 años, pase lo que pase, críticas o no, más allá de la debilidad de la epidermis humana, Zinedine Zidane transformó una generación, sigue siendo el pase más caro de la historia, y su calidad futbolística hoy no tendría precio en este mercado de fútbol.
La final de Francia ‘98 cambió muchas cosas. Fue un partido épico para una nación que respira fútbol. Muchas personas no entienden la pasión del fútbol, más de una ex novia nunca lo comprendió. Hoy aplaudo a Zidane, sin conocerlo, una de las personas que más influyó en que hoy escriba estas líneas.