Nació en el Hospital 12 de Octubre de Madrid y reside en Pinto, localidad refranera que asociada a la vecina Valdemoro invita a no quedarse nunca a medias. Doña Francisca dio a Don Francisco el tercero de sus cuatro hijos, el pequeño Alberto, el día de la Constitución (6 diciembre) del año 1982, cuando "Naranjito" daba la imagen del Mundial de Fútbol en España.
Antes de iniciar el camino que le llevaría a la gloria un 29 de julio de 2007 en París, Alberto, un chico de tez morena y menudito, mostró su afición por los animales, en especial por las aves. Cuando salía del colegio se apostaba en el balcón de su casa para jugar con las palomas. Las llamaba con silbidos y éstas acudían a comer de su mano. Actualmente ayuda a su padre a criar canarios y jilgueros.
El balón de fútbol llamó la atención del adolescente Alberto Contador, madridista confeso. Piernas finas pero hábiles y rápidas para desbordar por la banda. Mezcló la búsqueda del gol con el atletismo, otra de sus pasiones infantiles.
Pero el muchacho de Pinto quería volar en busca de otras sensaciones, necesitaba sentirse libre, el contacto con la naturaleza. ¿La bici?, le planteó un buen día su hermano mayor, Francisco Javier. Dicho y hecho, agarró al pequeño de la mano y le llevó a la escuela de Pinto. "Bendito día", recuerda ahora el ganador del Tour.
Con 16 años, en juveniles, ya quería ser "un Pantani". En el segundo año ganó 4 carreras y destacaba en la montaña. Ahí había madera de campeón y los linces cazatalentos no tardaron en ver en Alberto Contador un talento distinto al resto. El Iberdrola (filial del ONCE), le incorporó al equipo de aficionados.
Dejó los estudios y los libros pasaron a adornar las estanterías de su casa. Se trataba de un órdago al ciclismo, de una apuesta a todo o nada. Empezó a tomarse más en serio su pasión por la bici, pasó largas temporadas en el País Vasco, donde se curtió como ciclista. En el primer curso de aficionados ganó la Subida a Gorla y en el segundo el campeonato de España sub 23 contrarreloj.
Un diamante que fichó Manolo Saiz para su ONCE Eroski en el 2003. Allí se hizo profesional y empezó a dar resultados hasta que en el 2004, durante la Vuelta a Asturias, el destino le ofreció la muerte y un médico le salvó la vida. Una hemorragia cerebral le produjo convulsiones y le estampó contra el asfalto en la entrada a Infiesto. En estado crítico, el doctor de la carrera llegó justo para evitar que se tragara la lengua.
Salvó el trance en el Hospital de Asturias y regresó a Madrid. Una vez en casa, volvieron las convulsiones. De urgencia al Hospital Ramón y Cajal, donde fue intervenido quirúrgicamente para extraerle un cavernoma. Con 70 grapas y 2 placas de titanio en la cabeza hubo de pasar pegado a la almohada más de mes y medio.
Contador pidió el libro "Mi vuelta a la vida", de Lance Armstrong, donde el séptuple campeón del Tour explica cómo derrotó un cáncer. De sus páginas sacó su deseo de volver cuanto antes a la vida, y por supuesto, a la bicicleta.
"Ahora valoro más las cosas y disfruto de aspectos que antes apenas tenía en cuenta", dice Contador, habituado al sacrificio de una familia humilde que procede de Barcarrota (Badajoz), en la que el padre se dedica en cuerpo y alma a cuidar del hermano menor, que padece parálisis cerebral.