Una de las intromisiones internacionales más atrevidas es la de un país o varios tratando de registrar y decidir cómo debe gastar otro lo que tiene en sus erarios. El Presupuesto Nacional, la Contraloría y la Constitución son tan insignias de nuestra soberanía como la bandera y el escudo. Por lo tanto, me parece que no debemos permitir que una asociación de naciones centroamericanas decida nuestra salida o permanencia en el Parlacen. Se trata de eliminar el gasto de pertenecer a un ente que consume nuestros dólares sin producir el más mínimo resultado (lo único que han producido son chistes tristones). Pero no se trata solamente del gasto, es urgente cerrar, tapiar una hendija por donde escapan las lagartijas de la corrupción. ¿Por qué tú crees que insisten tanto en pertenecer a dicho ente el resto de los países centroamericanos, sacando, por supuesto, a la mejor democracia del área: Costa Rica, que adivinó desde el principio el intríngulis del pesado armatoste. ¿Dime si no es para mantener desesperadamente otra forma de inmunidad? Sus miembros (sobre todo los expresidentes) como parlacenarios pueden lucir e invertir sus fortunas por el Caribe sin temor a ser juzgados.
Ah, si forzáramos la obligación que tienen los altos funcionarios de declarar sus bienes antes y después de ejercer sus cargos, sería evidente que sus insólitas fortunas no se hicieron con sus, de por sí, elevados salarios.
En todas las encuestas de nuestro país, el pueblo aprobó nuestra separación del Parlamento Centroamericano. Sin embargo –imagino que es pataleo de ahogado–, han salido inesperadas y brumosas demandas (bueno, que yo sepa, solamente una), y artículos livianos, volátiles por la falta de peso de sus argumentos. El inflado Parlacen se eleva y se hace vulnerable a nuestros pinchazos. Ya no se pueden inventar nuevos artilugios para esconder viejas triquiñuelas.
No creo que hagan echar para atrás al presidente esos gruñidos de ratón que, por cierto, me hacen recordar un fábula de Ambrose Bierce donde un león que había atrapado a un ratón y estaba a punto de devorarlo, se detuvo cuando el ratón le habló: «Si me perdonas la vida, otro tanto haré yo por ti algún día.
Parece que el cuento sirvió porque el león lo dejó ir. Pasó el tiempo, el león fue capturado por cazadores. El ratón, viendo indefenso a su benefactor, no lo liberó, se puso a roerle la cola.
¡Acabemos con la ratonera!