No minimicemos las derrotas. No olvidemos tan pronto, y menos los fracasos. De los errores se aprende, y mucho, pero primero hay que aceptarlos.
Julio Dely Valdés prefiere llamar desilusión o decepción a la participación de Panamá en el Preolímpico. Yo soy más literal y le llamo fracaso (fracaso: falta de éxito o resultado adverso).
Llamemos amarillo a lo que es amarillo y rojo a lo que es rojo. Llamemos triunfo a las clasificaciones, y fracasos a las veces que no las conseguimos. Celebremos, si quieren, con bombos, platillos y caravanas las victorias, pero reflexionemos en los reveses con críticas, castigos y, a veces, hasta despidos (este no es el caso).
Fracasar no es un pecado, no satanicemos esta palabra. Claro, tampoco nos acostumbremos a vivir con ella, porque entonces sí caeremos en la mediocridad.