La literatura es todo eso que afirma Parra, pero también es duplicación más que imitación de la vida; es la materia (papel y tinta) con que se presenta el pensamiento; y también, aunque sea difícil de creer, es la palabra convertida en susurro, canción, temblor, sombra, pedo, luz, eructo, agonía, arma punzocortante, pluma de ángel, torre sin base, salero sin tapa. Y sería justo agregar unas quinientas líneas más de lo que puede ser si doy libertad al flujo del pensamiento.
Stop, voy a aferrarme a la mejor tajada que nos lanza Parra: "La literatura es sexo, eyaculaciones de tinta".
Voy conmigo ahora. La literatura me permitió aproximaciones humanas a chiquillas, mujeres, prostitutas, monjas, profesoras, cocineras, cantantes y, ¿por qué no? a escritoras. Proximidad que no hubiese logrado con mis motores y mis calderas. La literatura fue un disfraz, un sortilegio alcalí para endulzar mi acidez. Se los echaba en el cabello... no, en los oídos. Este cholo feo no habría tenido el menor gane con las extraordinarias mujeres que se cruzaron en su camino si no hubiese sido por las toneladas de versos que aprendió, por los cuentos que la imaginación tuvo a bien que ideara, por las palabras que inventó y porque supo decantar la tragedia y convertirla en alegría.
¿Qué dices, que tú no escribes para ese tipo de aproximaciones? Pues haces muy bien, eres un individuo ejemplar y puro. Bueno, puro sí, ejemplar no porque para mí no serías un ejemplo a seguir, lo tuyo, como lo mío, es un hábito, una moral personal, nadie tiene porqué seguirla.
Como no conté con las ayudas extras de seducción que posee quien posee un carro, o una gorda cuenta de banco y mucho menos una cara bonita, tenía que aferrarme a: "No me culpes si rondo tu casa como un tigre enamorado que quiere gastar sus garras en tu cuerpo" o a los resignados versos de Marquina: ¡Hoy que me haces vivir, bendita seas; cuando me hagas morir, seas bendita! o, "cómo será acostarme en tu país de pechos... tal vez me estalle el cuerpo... seré tu pie, tu mano" yellas, maravillosas, nunca sabrían que eran palabras de Juan Gelman para otra mujer. No, no me siento culpable, los versos de amor son de quien los necesite.
¡Cómo robé música de versos! Ahora escribo los míos para los fantasmas del recuerdo. ¿Los quieres? Te los regalo.