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Amaos los unos a los otros

Es domingo. No menos de tres servicios religiosos se dan en la misma iglesia. Entre las 7:00 a.m. y las 12:00 mediodía, el ir y venir de


Es domingo. No menos de tres servicios religiosos se dan en la misma iglesia. Entre las 7:00 a.m. y las 12:00 mediodía, el ir y venir de gente no cesa. Unos entran con rostros compungidos, se arrodillan frente al altar y se persignan. Mientras se dan los relevos entre una ceremonia y otra, se ve gente saliendo cargando rosarios, crucifijos y santos de todas dimensiones. Las escenas conmueven y hasta nos causan cierto remordimiento a quienes de momento no estamos en esas, porque nos ocupan otros afanes.

Y que conste, eso no nos hace más ni menos pecadores ni tampoco tiene que ver nada con nuestra fe. Sencillamente, cada uno tiene maneras distintas de manejar sus emociones y de expresar sus creencias. Muchos consideramos que se trata de algo íntimo y que, sobre todo, tiene que ver más con hechos que con palabras.

Es indiscutible que hay una asistencia masiva a las misas de domingo, porque es el día tradicional y porque la gente dispone de más tiempo. Esto trae consigo la falta de estacionamientos que, por supuesto, también afecta los predios de las iglesias y sus feligreses; al fin y al cabo, no se trata de otro país, es el mismo en donde todos somos hermanos.

 

Sin embargo, uno se encuentra en los predios de las iglesias a hijos de Dios que se estacionan frente a la entrada de residencias, e impiden el paso de los vecinos. Se aprecia cómo gente que viene de recibir la Palabra o está llegando sedienta de ella se atropella por lograr un hueco para meter su carro o atraviesa su máquina a media calle, y les tranca el paso a fieles, ateos, agnósticos y a apóstatas por igual.

Entonces, uno se detiene a reflexionar y se pregunta si en verdad todos los que “religiosamente van y vienen a estas celebraciones lo hacen en plena conciencia, con el corazón en la mano y con convicción de que eso de “amaos los unos a los otros” no solo se practica dentro de las cuatro paredes del templo, sino que debe ser conducta permanente, más en la calle, donde está la mayoría de la gente, esa humanidad, esa juventud, que nos reclama que le demos vida a aquello de que al individuo lo exaltan los hechos y no las palabras.

Darse paz tras las puertas de la iglesia y salir después a atropellarse con otros dice poco o, más bien, mucho de la hipocresía, que es uno de los pecados que habría que añadir a la lista de los más abominables que practicamos y padecemos.

 

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945664
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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