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Amistades efímeras

Isolda era de La Mesa, un pueblo de Veraguas, iba a Madrid a cursar un doctorado en educación en la Complutense.


Isolda Tristán se sentó a mi lado. Conversamos quince o veinte minutos. Quizás más. Con frases cortas y en voz baja me contó pedazos sueltos de su pasado y sus planes inmediatos. Estábamos nerviosos. Ella más que yo, o yo lo disimulaba y ella no. Para ambos era la primera vez. Esto lo supimos después, pero ya no tenía importancia. De repente. Cinco aguijones se incrustaron en mi brazo derecho. Sin piedad y sin previo aviso Isolda Tristán me hincaba las uñas, con la desesperación del novato que busca cualquier soporte a su alcance para asirse. Sonreí para calmarla. Una reacción masoquista y estúpida. Así pasaron diez minutos. Tal vez fueron menos. Para mí, una eternidad. Por la ventanilla los techos multicolores de las casas parecían un cuadro de Paul Klee.

El avión de Iberia acababa de dejar la ciudad de Panamá con rumbo a Madrid y una sola escala en La Habana.

 


Isolda Tristán era de La Mesa, un pueblo de la provincia de Veraguas, iba a Madrid a cursar un doctorado en educación en la Universidad Complutense. En Madrid la esperaba Erodito Atencio, el primer panameño que conocí en suelo madrileño. Erodito Atencio tenía una sonrisa amplia y un acento híbrido que me pareció fingido, pero que en pocos meses yo también adoptaría. Llevaba tres años luchando a su manera contra un doctorado en educación que al final pudo más que él. Después de concluir los cursos monográficos que le exigían en la Complutense, la tesis doctoral se fue dilatando entre el humo de los cigarrillos rubios que consumía a diario, la nostalgia de los potreros que había dejado en su Cañazas natal y el consuelo de varias españolas que encontraban en Erodito Atencio a un ser exótico por las historias tan raras que les contaba y que casi siempre eran exageradas.


A finales de los setenta, la forma más barata de salir del Aeropuerto de Barajas era en un autobús que te llevaba hasta la Plaza de Colón. Al llegar a la plaza tomamos la línea cuatro hasta San Bernardo, donde hicimos un trasbordo a la línea dos que nos llevó hasta la estación de Cuatro Caminos. Salimos del metro y caminamos una cuadra por la Calle de Bravo Murillo hasta la Calle del Doctor Santero No. 5, la dirección que buscaba Isolda Tristán. Nos despedimos, y ella se ocultó para siempre detrás del sonido lacónico que hizo la puerta al cerrarse. Nunca más la volví a ver, pero aún conservo en el brazo derecho el vestigio de aquella amistad efímera. Es así como la recuerdo y es así como aún existe.
 

 


fecha edicion
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940970
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América