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Ante el espejo

"Publicando mis imperfecciones, alguien aprenderá a temerlas" Montaigne


Mirándome al espejo declaro: no soy inocente y tampoco muy culpable. Difícil no ser culpable en un mundo donde hasta lo sabroso es pecado. Pero también me siento livianamente inocente. ¿Cómo no serlo, en un mundo con tal escasez de santos?

Ante el espejo, el rostro oculta actos reprobables. Me desenmascaro. Seguramente creerán todo lo malo que hablo de mí porque, como dice Montaigne, "Los reproches propios siempre se creen, las alabanzas jamás."

Comienzo a destilar el amargo jugo de la franqueza. Un estremecimiento de antenas interiores me convierte en locutor insaciable de mis lejanos pero vigentes vicios: «Nunca supieron las mujeres pudorosas que visitaban a mi madre que, por un descuido de sus faldas, posaron desnudas en el burdel de mi mente. Robé preguntas a un examen de física, y ni así pude sacar un cinco. No devolví libros, ni ideas, ni chistes. Me embolsé favores como si me los debieran, sin reconocer las gracias. Blasfemé contra todos los santos, sin incluir a Dios (por piadoso culillo). Odié la ley porque castigó mis deslices. Quebranté disciplinas, sobre todo cuando no me podían ver. Deseé hasta la rasquiña a tantas mujeres ajenas, que por poco me olvido de la mía.

 

¡Rasss!, miro atrás y veo que la lista es larguísima. Aquí no cabe toda.

Cómo clamar inocencia si fui cómplice de abortos, excusándome con que ya somos muchos en el mundo. Si le corté las alas a un perico que luego murió de melancolía. Si como marino, de veintidós años, contrabandeé pantaletas para las mimosas de un burdel de La Guaira, para ganar sus amores pasajeros. Si envidié a mis amigos (no soportaba la complicidad de Braulio con su guitarra ni las rimas fáciles y deslumbrantes de José).

¿Culpable? Seguro. Mas no por venenoso sino por terco. Por terco, no por estúpido. ¿Egoísta? Hasta la mezquindad conmigo mismo. ¿Libidinoso? Hasta la deformación, pero sin hurgar los calzones de las niñas. Fui borrachín y procaz. Rufián de esquina, sin navaja. Todavía pululan muy orondos por mi city los siete pecados capitales.

 

Tras este insolente baño pecaminoso, me seco con mi columna pretenciosamente sincera.

¿Culpable, inocente? ¡Qué diablos! ¡El infierno me importa un pito! Y, como dice Quevedo, sé que "más me quieres cuervo que no cisne". 

¡Ahora tú, mírate al espejo y atrévete!


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399503
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América