Está de moda la noticia sobre una multa ratificada a un colegio privado en la capital. Y en esta coyuntura, surgen los comentarios de que la educación particular es un gran negocio. No sorprendería que pronto en algunos centros educativos pretendan vender las mochilas, calzoncillos, libretas y hasta los ganchitos de cabello de las chicas con el logo del colegio.
Otras quejas a baja voz son que en algunos pasan a los estudiantes, que en ellos todos se gradúan, que contratan a personal docente que no es idóneo, hacen que los padres paguen boletos de ferias familiares pro gimnasio o para comprar instrumentos musicales.
Pero la más terrible crítica es que contratan docentes jubilados más urgidos de obtener un ingreso extra que de aportar su experiencia. Por ello, sus clases tienen como antesala el cansancio, el tedio, la rutina y el malhumor.
Por años estuvo en discusión en Panamá una polémica ley que prohibía a los jubilados mayores de 75 años dictar clases en la Universidad de Panamá, y me acordé de un profesor universitario que convertía la clase en un escenario propicio para contar sus hazañas profesionales.
Terminamos un curso repleto de anécdotas, pero vacío en conocimientos. El profesor se veía cansado y eso fue lo que nos quedó de él. Hasta hubo largos pestañeos durante la clase.
En los colegios particulares deben prestarle mucha atención a esta situación porque la educación es un compromiso muy serio. Si bien el trabajo es un derecho inalienable, el cuerpo se agota. Si de ofrecer la experiencia se trata, se deben asignar las tareas de acuerdo con cada circunstancia, pues hay gente de 82 años mucho más lúcida y con más energía que yo, y otras veinteañeras que no suben la loma.