
Lo he dicho en otras ocasiones: el panameño tiene un corazón generoso. Es cierto. Y el otro día hablando con un buen amigo he descubierto la otra característica que completa la descripción general de este buen pueblo: el ansia de apoyar. No es que nunca me hubiera dado cuenta de ella, tampoco así, que no hay que ser muy listo para verla reflejada cada día en mil pequeñas cosas: la cantidad de alcancías de apoyo a mil y una causas que te encuentras en todos sitios, ya sea para ayudar a Fulanita a lograr un riñón, o porque los perros abandonados nos necesitan. Podemos darnos cuenta de la facilidad de lograr el apoyo de la ciudadanía en la cantidad de gente que hay en los semáforos solicitando una ayudita para diferentes causas: el programa de fama o el candidato que está en la lama. O la Teletón, esa farsa televisada que año tras año me hace dudar más y más de la inteligencia humana.
No, definitivamente que no tenía ninguna duda del complejo de muleta que tiene el pueblo panameño. La diferencia en la conversación de ésta vez es que me ha hecho reflexionar y cruzar datos mentalmente. Y si interrelacionamos ese ansia de apoyar causas, con la compasión innata hacia cualquiera al que se le pueda poder el sambenito de ‘pobrecito’, (por favor, modulen la voz al pronunciar esta palabra. No les voy a decir cómo, ustedes saber el tono en el que hay que pronunciarla), tenemos lo que tenemos: los que se aprovechan y los que se dejan aprovechar.
No, no se equivoquen, nunca diré que la compasión es mala. Por lo menos, no en límites normales. No es una cuestión de que yo crea que el hombre ha de ser siempre y en todo lugar un lobo para el hombre (aunque la experiencia me dicta que suele serlo la mayor parte de las veces). La cuestión es que creo que al pueblo panameño se le pasa la mano en pollo. Aquí aúpan al político que les cae en gracia, y luego, cuando ya no pueden decir de él ‘pobrecito’ lo escrachan inmisericordemente. Aquí, no importa si eres bueno o no en lo que haces, si necesitas el apoyo del pueblo panameño, lo tendrás.
Apoyemos estrellitas televisivas, aprendices de Demóstenes, indígenas indignados, hormiguitas u opositores eternos. La cosa es que aparezcas en alguno de esos programas que todos conocemos diciendo: ‘necesito su apoyo’. Y por arte de birlibirloque habrá tras de ti, empujándote para lograr tus metas, una ingente masa ciudadana apoyando. Como Fuenteovejuna, en rebañito de apoyo caritativo.
Yo me pregunto, ¿qué mecanismo hace clic en los cerebros de aquellos que se gastan el saldo de su celular en mandar chats? ¿En qué piensan los que van a hacer barra a gente que no conocen ni, posiblemente, conocerán nunca? ¿Por qué apoyan a gente que, invocando su derecho a huelga, se han pasado dos meses sin trabajar y ahora cobrarán? ¿Por qué siguen pensando que los que protestan pasando por encima de sus derechos tienen derecho a tu apoyo?
¿La apoyítis panameña nace, o se hace? ¿Nadie se da cuenta de que están siendo manipulados por aquellos que quieren tener su apoyo para lograr sus propios fines?
Lo de reflexionar acerca de los intereses propios, o evaluar realmente la ganancia individual ante las peticiones de apoyo de los grupúsculos ¿duele? Lo de ayudar a otro a conseguir sus sueños está muy bien, pero ¿y los sueños propios? Perdónenme por ser obtusa, pero no puedo pensar ninguna explicación ante semejante despliegue de esfuerzo conjunto y, generalmente, inútil.