Mis vecinos son gente chévere. Y aunque nos veamos poco y nos hablemos menos, tenemos una comunicación fluida. Nuestra comunidad es pequeña y nuestro espacio también, pero nos llevamos bien, somos felices, y tratamos de hacer felices a los demás.
Tenemos una reunión semanal y acudimos a ella dentro del tiempo y espacio convenidos. No somos muchos, apenas llegamos a siete, pero cómo hacemos bulla.
La gente nos busca y nos cree. No les importa que a veces protestemos por la sociedad hostil que nos envuelve, que otro lance poemas al aire, que alguno disponga entonar una nota musical o que cualquiera decida contar una anécdota para mostrar lo grandiosa que es la vida, a pesar de que a veces se nos pinta lúgubre.
Mis vecinos son gente común, mas no gente cualquiera; tienen sus modos, sus estilos. Cuando entras a nuestro vecindario, te encuentras con el más experimentado de ellos. A primera vista pudieras pensar que habla con él mismo, pero no es así. Todos los martes, cerca de las 6:30 a.m. suena el aldabón de mi puerta virtual, anunciando su llegada. Tengo otra vecina que es rubia, de buen ver. Ella está aquí y allá. También es mañanera, igual me saluda a la 1:00 a.m. que a las 6 o 9; cuando llega hace bulla, pero su talante me gusta.
Hay dos vecinos que comparten espacio y sentimientos por las letras. Los veo un poco menos, cada 15 días, pero vale la pena esperarlos. Él es el más feliz de todos y aunque se haga esperar; cuando llega, lo hace con un tono alegre. Siempre nos roba una sonrisa. Ella es relativamente nueva aquí, pero su sensibilidad vino a ponerle al barrio ese toque de ternura.
Entre nosotros hay quien también se ocupa del buen decir. Él protege el idioma y también nos guarda para que tengamos cuidado de ‘no introducir la gamba’. Un par viene de lejos, aunque son de aquí. Uno de ellos comparte con nosotros historias de Panamá, pero sazonadas en Madrid; y finalmente, el último en llegar a nuestra cofradía nos manda su contribución desde la ‘yunai estei’. Él pone la música porque sin ella no hay fiesta ni reunión buena.
Sí, mis vecinos son Neco, Mónica, Héctor, Yolanda, Paco, Pedro y Emiliano. Son “vecinos de columna”, una expresión que acuñó Ariel Barría, quien también fue parte de esta “casa que habitamos”, que es tan nuestra como de ustedes, por eso la cuidamos tanto.