Los brasileños estallaron de alegría tras la clasificación el viernes de su selección a las semifinales de la Copa del Mundo de fútbol 2002, permitiéndose por unos días más olvidar la incertidumbre económica que se cierne sobre el país.
En función de la hora (03H30 locales) en que se jugó el ansiado partido ante Inglaterra 2-1 favorable a los auriverdes-, la hinchada debió trasnochar en sus hogares porque fueron escasos los sitios públicos que sirvieron de escenario a la transmisión televisada.
En las grandes ciudades, como Sao Paulo y Río de Janeiro, las luces en los edificios y casas se encendían: había llegado la hora de levantarse, para ver al seleccionado auriverde enfrentar al fuerte rival inglés.
Pero mientras el sueño del "penta" comienza a materializarse, los brasileños enfrentan la pesadilla de la incertidumbre económica por el nerviosismo que se ha apoderado durante las últimas semanas de los mercados de cambio y bursátil.
Ellos han visto casi día a día depreciarse su moneda, el real, que este viernes amenazaba con caer a su peor nivel histórico de 2,83 unidades por dólar, en tanto que la Bolsa de Valores de Sao Paulo también ha presentado un sobresaltado comportamiento, que el jueves la llevó a perder 5,08%, la segunda caída más significativa desde setiembre del año pasado.
En ese ambiente de pesimismo económico, agravado por el aumento en la medición de riesgo país, que sólo deja a Brasil por encima de la crítica Argentina, los brasileños han encontrado en la Copa Mundo una distracción que puede llegar a hacerlos estallar en incontrolable alegría, si llegan a obtener la quinta Copa.
Considerado por muchos como una final anticipada, el partido del viernes, que se jugó en la ciudad japonesa de Shizuoka, no podía ser ignorado prácticamente por ningún brasileño que honrara su profunda pasión por el fútbol.
Los pocos que solo tenían la intención de dormir para después enterarse del resultado, vieron frustrada esa intención: el retumbar de los estallidos consecutivos en el cielo de los cohetes de artificio los despertó.
En algunos sectores paulistas y cariocas, desde la media noche, a modo de "ambientación", algunos fanáticos hicieron reventar cohetes de artificio, que volvieron a tronar cuando se inició el partido y retumbaron con cada uno de los dos goles que la "seleao" marcó.
Cuando el árbitro mexicano Felipe Ramos Rizo hizo sonar el pitazo final, el retumbar de estos fuegos de artificio no dio tregua junto con el sonar de bocinas de algunos automóviles, cuyos conductores se lanzaron a las desoladas calles a celebrar la victoria.
En algunas arterias de Río de Janeiro y de Sao Paulo se formaron espontáneas manifestaciones carnavalescas protagonizadas por fanáticos, que a ritmo de la tradicional samba brasileña bailaron y festejaron durante un par horas, pues de todas formas, y pese al triunfo, la jornada laboral tenía que cumplirse.
La alegría por el triunfo, en cierta forma contenida por el rigor de la rutina diaria, dio a los brasileños un cuerpo más sólido al sueño de obtener el pentacampeonato mundial del deporte más popular del mundo.
Ya los vaticinios están servidos en la mesa: "derrotaremos a Alemania", aseguran algunos hinchas con sorprendente convicción, en tanto que otros, con igual seguridad afirman que la final será entre Brasil y España, "pero ganaremos nosotros".