Deportes

Bienvenida, amada mía

Ni quiero saber cómo llegarás. De tan moderna, no me extrañaría que vinieras en avión, aunque no lo necesitas, pues tienes tus propias alas que


Ernesto Endara (Escritor) / PANAMA AMERICA

Ni quiero saber cómo llegarás. De tan moderna, no me extrañaría que vinieras en avión, aunque no lo necesitas, pues tienes tus propias alas que te llevan donde quieres y, con suerte, donde te espero. Usas la potencia de las máquinas del amor. ¿Cuánto cielo recorres, cuántas horas de ensueño dejas atrás, cuántas estrellas? Rechiflo al diablo. ¡Y todo por verme a mí! ¡Vaya canela y venga gloria!

Bienvenida, amada. Mis aires serán buenos contigo. Cómo no serlo con lo mucho que te he esperado. Soñaba contigo, con tu espíritu, pero más que todo con tu cuerpo, con tus besos, con tu carne de rosa y amapolas. Se vive para eso. Para amar. Tú, la que siempre llegas en silencio. Suave, te me pegas al cuerpo. Dura, te tiendes, dispuesta a la dulce guerra del amor. Retadora, me miras de frente y esperas que caiga de rodillas. Tierna, estás dispuesta a levantarme del polvo y elevarme a la gloria. Deliciosa será nuestra batalla incruenta que se transforma en palabras.

Tiemblo. Los hombres temblamos ante la decidida entrega. Y si fallo, y si mi abrazo no te derrite. ¿Qué pasaría? ¡Rimmon!, ¿por qué voy a culitranquear ahora? Desde el primer instante que te presentí, supe que seríamos amantes, de los buenos, de los de síntesis y verde clorofila.

“Que muevan feroz guerra ciegos reyes por un palmo más de tierra”, proclama Espronceda, pues a él le bastaba el mar bravío. A mí no, a mí sólo me llenarás tú. Inúndame la boca de saliva y las ingles de ansias. Entonces sudaré la fiebre y domarás mi furia.

Bienvenida, amada mía.

Por fin entenderé al poeta Miguel Hernández. Estoy seguro de que me pasará lo que a él: “Besar tu boca será besar un avispero”. Tocar tu cuerpo, para mí, será una profanación deseada, arrasar la historia e invadir el cielo. Enfrentaré cualquier condena, si te entregas. Te despojaré temblando de tus azules velos, si es que acaso planeabas llegar vestida. Ruboricemos al mundo. Qué va, a este mundo no lo ruboriza nadie. Entonces, amada mía, ruboricémonos los dos. Si todavía nos queda algo de la hipócrita vergüenza, vergüenza que repudio y meto en el último cajón cuando estás conmigo.

Entrégate, amante mía, aunque sea por una noche, sé mía querida poesía.


fecha edicion
old id
884984
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América