En mi infancia, en Las Lajas, era común escuchar por la radio, temprano en la mañana, a un locutor muy estimado: Moisés Vega P., quien en días así solía advertir: “Aunque usted no lo crea, es 2 de enero y ya solo faltan 363 días para que se acabe el año…” No diré tal cosa en esta columna, pero sí pido para ustedes, para nosotros, para los nuestros, muchas bendiciones en el año que inicia.
La ocasión es oportuna para compartir, a manera de albricias, una conseja con la que a veces inicio mis cursos universitarios, tratando de desincentivar a aquellos muchachos que extraen informaciones de Internet y las utilizan sin pasarlas por el tamiz de una somera lectura.
Cuentan que a principios del siglo XV, en un convento del occidente europeo, vivía un joven monje llamado Juan el Amanuense, a quien se le apreciaba por la dedicación a sus labores, que no eran muchas, pero sí muy empeñosas: orar, cuidar el jardín y copiar libros.
Aún no existían las modalidades de impresión que se conocerían más tarde; la imprenta, por ejemplo. Para tener un libro, o su copia, uno debía encargárselo al convento, en donde se lo encomendaban al grupo de monjes amanuenses. El pequeño Juan era el mejor de ellos. Él, aparte de copiar letras de una manera precisa, sabía añadirles el justo toque de color y, además, elaboraba hermosas viñetas para decorar los escritos.
En esos tiempos, el libro, y lo que implica, era un lujo propio de los poderosos. Tener un volumen significaba años de espera; pero cualquier acaudalado pagaba el alto precio de la copia, o esperaba el tiempo que fuese, si en el convento le aseguraban que Juan sería el encargado de confeccionar su encargo.
El silencioso y humilde trabajo monacal significaba sacrificios, pero también representaba la oportunidad de saber más, de entender más. Es que ellos, al verter la palabra de un original a otro, la poseían, se nutrían de sus esencias. Sin embargo, una tarde, Odorico, también amanuense, vio llorar al pequeño Juan.
El mejor copista entre ellos acababa de plasmar en el pliego, entre búcaros de flores, al tierno pajarillo que cantaba desde el vano de un rosetón. Era tan exacta la copia, que el ave se deleitaba viéndose reflejada en el texto, y eso era como combustible para su canto. Pero ni aquel pequeño milagro evitaba la imprevista tristeza de Juan.
¿Por qué lloraba el Amanuense? ¿No era suficiente toda la sabiduría que le venía con cada copia? ¿No le bastaba como paga el saber que tenía entre sus manos gran parte de la sabiduría universal? Al parecer, no.
Juan lloraba porque no sabía leer… Su labor de copista era meramente esa: copiar textos, agregarles color y añadir ornamentos de tan fina hechura que deslumbraban a los más instruidos. Juan el Amanuense (mejor: Juan el Analfabeto) vivía en un lago y se moría de sed, predicaba en el templo y era indigno de ser absuelto ni por las faltas veniales. ¿Necesitaba más motivos para llorar?
Increíble, dirán algunos. Pero nosotros bien podríamos ser protagonistas de este relato, porque si en las librerías y en las bibliotecas hay anaqueles rendidos bajo cientos de libros y no nos acercamos a conocerlos, si no aspiramos al conocimiento ahora que es más democrático que nunca, si recibimos como bueno todo lo que otros dicen o todo lo que sale de Internet sin espulgarlo debidamente, quizás es hora de que dejemos rodar una lágrima, como Juan, por todas las enseñanzas que están a nuestro alcance y que no sabemos aprovechar.
Que la palabra te acompañe.