Brasil pentacampeón! fue el ensordecedor grito que estalló ayer domingo en Rio de Janeiro, en medio del estruendo de pitos, petardos, banderas y papel picado lanzados desde los edificios, luego de que la "seleao" ganó en Yokohoma (Japón) la Copa de fútbol del Mundial-2002. Tras el pitazo final del partido que le adjudicó a Brasil el pentacampeonato del máximo torneo del deporte más popular del mundo al imponerse por 2-0 ante Alemania, los cariocas estallaron de alegría.
Durante los 94 minutos que duró el cotejo, Rio de Janeiro literalmente se paralizó: calles desoladas, apenas uno que otro peatón, el transporte público de autobuses y taxis era menos que escaso, y las famosas playas de esta ciudad estaban vacías. Todos los cariocas se encontraban en sus casas "pegados" a los televisores siguiendo el partido.
Sólo en los pocos puntos de la ciudad donde las autoridades locales en conjunto con empresas privadas habían dispuesto grandes pantallas de video para observar el partido, se concentraron algunos grupos de hinchas que siguieron casi con devoción cada jugada.
En su mayoría vistiendo la camiseta amarilla y verde, y provistos de pequeñas cornetas plásticas también verdes y amarillas, esperaron con angustia hasta que Ronaldo marcó el primer gol, a los 67 minutos. Pero sólo con el segundo gol de Ronaldo, al minuto 79, los cariocas respiraron tranquilos y empezaron a sentir en sus manos el tan soñado pentacampeonato.
Tras la victoria la explosión fue total: los fuertes gritos salidos de lo más profundo de las gargantas de los hinchas retumbaron en toda la ciudad. El coro de "campeones, ganamos, somos pentacampeones", fue ahogado por el sonido de las bocinas de los automóviles y de las cornetas sonando hasta rabiar. Pero si ello fuera poco, simultánemaente retumbó el estallido de los fuegos artificiales, en medio de una lluvia de papel picado.
Todas estas diversas y ruidosas manifestaciones de alegría se mezclaron con un elemento que no podía faltar y que caracteriza cualquier fiesta brasileña: la samba. La "batería" de Salgueiro desató una gran fiesta por las calles de Tijuca, un barrio de clase media de la zona norte de la ciudad, acompañada de fuegos artificiales, en el que se concentraron unas 10.000 personas.