Él es de Luanda, África. Ella de Tonosí, Los Santos, Panamá. Él es ingeniero eléctrico, Jefe de Operaciones de petróleo de la Compañía "Schlumberger". Vive y trabaja en Angola, África, temporalmente, porque en diciembre se reúne la familia con él en ese continente donde nació y floreció su amor.
Ella es ama de casa, aunque estudió publicidad. Está de paso en Panamá porque quiso que sus dos hijos, Carlos, de 8 años y Gabriela, de 22 días, nacieran en su patria.
Carlos habla portugués, inglés, francés, ruso, español y Umbundu (un dialecto). También el idioma del amor, que los mantiene juntos.
Creen en Dios, son muy uniEL dos y se conocieron hace 19 años en Rusia.
Antecedentes Carlos Catema y Josefina Castillero tienen doce años de feliz matrimonio.
En 1989 Josefina se ganó una beca del Partido Popular, para estudiar psicología en Rusia.
Llegó a Kichinov (hoy República Moldova). Allí conoció a Alex, quien era compañero de cuarto de Carlos.
Alex le dijo al angolano que una panameña muy guapa había llegado y a ella le habló de él y lo pintó como un súper chef.
"No exageró", dice Josefina. Carlos cocinaba muy bien fungi, que es una especie de puré hecho con agua y harina de maíz, que se come con carne, salsa o pescado.
Carlos fue a conocerla .
"Yo sentí que él era muy sencillo, no sentí que había tantas diferencias en la cultura", comenta.
Cuando tomó su maleta y partió hacia Rusia, Josefina jamás había puesto los pies en un avión. Tenía 18 años.
"Me sentía contenta porque desde chiquita soñaba que tenía que salir, que viajar".
Casi 20 años después opina que ir a Rusia es lo mejor que le pudo haber pasado. Por Carlos, su vida, su familia actual.
Lo que es más, "no sentí que fue lavado de cerebro, fue abrir puertas, conocer otros países, conocer más gente, otras culturas y convivir con otra gente y uno la pasa muy bien".
Además, aprendió ruso .
La suya con él ha sido una vida de encuentros, desencuentros y re encuentros.
Carlos y Josefina contrajeron nupcias en Maldavia en 1995 y vivieron en la ciudad de Tashkent (República de Ugbekistan) y Leningrado, en Rusia, hasta que terminaron sus estudios. Luego ella se vino para Panamá. Él se quedó un año y partió a Angola a buscar trabajo. En mayo de 1997 se encontraron en México. Vivieron en la ciudad de Villa Hermosa, Estado de Tabasco hasta enero de 1999.
Él partió para Kasaquistán. Ella, embarazada tomó un avión hacia Panamá. Carlos Catema Jr. venía en camino. Nació en marzo.
Desde entonces la pareja ha vivido en México, Estados Unidos, Camerún, Angola, Guinea Ecuatorial, Suecia, Las condiciones de trabajo de su esposo los han llevado a vivir como nómades, ya que a él lo rotan por distintas ciudades del orbe, donde tiene que ir a inspeccionar y brindar asesoría en la perforación y mantenimiento de pozos petroleros. Él estuvo en Chad cinco años. Ella, dos de esos años estuvo en Estados Unidos estudiando inglés y tres en Panamá. Esos 5 años, él se lo pasaba 5 semanas viajando y 4 de descanso, que pasaba entre Estados Unidos y Panamá. En enero de 2007 se trasladaron a Douala (Camerún), donde estuvieron hasta septiembre. Vino en junio de 2008 a Panamá para tener al bebé. Nació el 20 de septiembre y fue niña. Se llama Gabriela Catema. Ahora la Compañía donde trabaja Carlos la transfirieron para Angola. Con todo y que no se ven tan a menudo como otras parejas, Josefina Califica su relación con Carlos como "muy buena, muy estable", máxime que él desde cualquier punto del mundo donde esté la llama hasta 10 y 12 veces al día, con todo y que su faena con los dueños de pozos petroleros es larga y ajetreada: inicia a las 7:00 a.m. Y se extiende a veces hasta las 11:00 p.m. "Tenemos muy buena comunicación. Siento que cuando estamos lejos hablamos más que cuando estamos juntos". Ella se casó "de calladito. Cuando me fui a México y una hermana muy relajosa me dice: Estás fornicando... y tuve que aclararle que ya era esposa de Carlos". Diálogo y respeto, la clave. Él no es como otros africanos, machista, porque, sí, admite que en su cultura los hay bastante. Pero, es que él ha tenido otras vivencias, oportunidad de lidiar con gente de otras culturas, desde temprano. Para comenzar, a los doce años se fue de su casa. Eran siete hermanos de madre. De padre, 27. Él estudió con profesores cubanos (secundaria), alemanes, búlgaros y vietnamitas. Así que interactuar con otras culturas le era común. Ahora bien, las circunstancias los echaron a uno en brazos de la otra y viceversa. "Benditas circunstancias", parecieran decirse con los ojos cuando se miran y relatan esta vida aventurera suya y donde han demostrado tanta madurez y amor al prójimo. Amor al prójimo porque no es ni el color de la piel ni el origen socio-cultural el que tiene la última palabra cuando el amor habla. Así, ella se congratula de poder ser como embajadora de amistad y cultura de su país, sin que haya nombramientos y pergaminos, sólo porque siendo panameña orgullosamente resalta lo propio y aprende sobre otras culturas. La compañía donde labora su esposo les da fondos a las esposas para proyectos y ella organiza tardes de té, desayunos, celebración de festividades como el Día de San Valentín, Navidad y otra especie de encuentros entre mujeres de distintas culturas a quienes la vida ha puesto en su camino. De hecho esos lazos amicales se hacen sentir. Cuando nació Gabriela, le llegaron flores de todos los continentes y correos electrónicos y llamadas preguntando por la salud de la bebé. "Somos muy sencillos, organizamos grupos donde estemos. La gente se siente bien con nosotros. Nos sentimos cómodos con todos. Donde estemos nuestra casa es dulce", nos dice y así como la ve hoy está siempre. Ese sábado. 4 de octubre, a las 8:00 p.m., la víspera del retorno de Carlos a Angola, contamos alrededor de 20 personas, entre familiares y amigos que pasaban una amena velada con la familia Catema. Una preocupación muy seria para Carlos "es ser responsable y ser buen padre". Ella lo reafirma, "está siempre preocupado por atender todo lo de su casa. Es muy hogareño". "Mi mujer es todo, yo la llamo mami. Es madre, hermana, mujer, es todo. A pesar de que prácticamente somos de diferentes culturas, en momentos somos iguales, por eso nosotros tenemos amistades de todos los tipos", afirma Carlos. El mensaje que nos dan Carlos y Josefina es que los seres humanos somos iguales. Cada individuo merece respeto a su dignidad. Ni el blanco debe avasallar al negro, ni el negro abusar del blanco. Tampoco el rico del pobre, ni el pobre del rico. Menos el hombre someter a la mujer ni ser su esclavo. Dicho en palabras del ingeniero africano, la vida vale la pena vivirla sin prejuicios, blandiendo la espada de la justicia, abanderando la paz, practicando la buena voluntad y reconociendo que no hay nadie tan malo que no tenga ciertas cualidades. La suya es una invitación a buscar en el fondo de las personas y no cómo luce por fuera. Josefina explica que "el hecho de que no trabaja es porque nos la pasamos mudando de un país a otro. Y los salarios son muy bajos en Panamá como para radicarnos aquí. Aunque a él y a mi hijo les encanta". Tanto les gusta Panamá a sus dos Carlos, que cada Navidad empacan y toman un vuelo para acá. De no hacerlo al ritmo de viaje que llevan, a no dudarlo ya conocerían casi todo el planeta. Todo parece indicar que seguirán moviéndose a donde en la compañía haya lugar para él. Aunque acepta él que no es fácil vivir aquí un día y el otro allá. Y estar moviéndose. Pero, concuerda en que la relación con Josefina ha sobrevivido porque saben comunicarse, se aceptan como son y gritan ¡vivan las diferencias!, y como barca en alta mar han enfrentado juntos tempestades, como cuando a su hijo en la primera infancia le dio malaria. Siguen navegando, lo cual es mucho decir, porque llevar adelante una familia mixta no es fácil. Máxime que el niño se queja de que cuando empieza a tener amigos ya tiene que volver a empacar lo poco que se llevan, porque hay que dejar equipaje, con los recuerdos en cada puerto. Buenos y malos recuerdos, para pasar la página y escribir otros capítulos. Lo que es más, llegará el momento de explicarle al primogénito eso de por qué la piel de unos es de un color y la de otros, diferente. Al niño, a Carlos Catema Jr. en el colegio -que paga la compañía de su padre- ya le han dicho: ¡negro! Le disgustó. Josefina, amorosamente, le dijo: "Papi tú eres negro y eso no es malo, pero lo más importante es la inteligencia ¡y no dejes que nadie te rebaje¡" El niño, de ver la franca convivencia de sus padres y él con gente de todas partes y al escucharlo decir cosas como "el amor al prójimo es lo que nos hace grandes y lo que nos hace chiquitos es el egoísmo", crecerá con orgullo como un Catama: con raíces afro panameñas.
¿Cómo no arrastrar la relación hasta empantanarla? Dialogando, conversando, demostrando empatía. Y así lo ha hecho esta pareja, según nos cuenta.