Cuando salió de la universidad, tomó el metro en la estación 'Iglesia del Carmen'. Se sintió afligido. Era obvio que sus compañeros estaban mejor preparados que él. Aunque no se lo dijo a nadie, aquel día era la primera vez que oía mencionar el nombre de Nicolás Guillén, un escritor que todos parecían conocer. Buscó en su casa libreros que no existían y encontró en un rincón pilas de revistas Vanidades y Buenhogar que diligentemente compraba su madre cada semana. Si algo positivo sacó de hojear aquellas revistas fue el deseo de viajar que le despertaron los personajes de la Jet Set, retratados en lugares distintos —Marbella, Saint Tropez, Acapulco, Ibiza—, con casas y autos suntuosos y con parejas radiantes. Las dos paginitas sobre arte las devoraba absorto. Aprendió a diferenciar un Lam de un Matta, un Tamayo de un Guayasamín. Luego, cuando tomó el hábito de la lectura en serio, de leerlo todo a cualquier hora y en cualquier lugar, descubrió incrédulo que uno de sus escritores favoritos, el grandísimo cronopio, leía con pasión de quinceañera —o de viuda cincuentona—, las novelas románticas de Corín Tellado que publicaba Vanidades.
En diez folios Corín Tellado recreaba sus personajes de clase social alta, que resolvían todos sus problemas por medio de una fogosidad sexual a ultranza y la inminente unión para toda la vida. Rehusó aquellas lecturas por considerarlas afeminadas. Leer novela rosa, todo menos eso, él era un varoncito. Hubiera preferido a Marcial Lafuente Estefanía. Las novelitas del oeste de unas cien páginas en papel periódico que era todo lo que leía el bueno de su padrastro. Entre lectura y lectura se las metía en el bolsillo trasero del pantalón y cuando las terminaba, las canjeaba en uno de los quioscos de “Sal si puedes”, dos novelitas leídas por una sin leer. Las cubiertas, pintadas sin mucho arte, describían algún pasaje extremo de la historia, un vaquero defendiendo a punta de pistola a una dama desconsolada y con el vestido rasgado por el que se le salía con descaro uno de los senos.
Pero Nicolás Guillén no aparecía por ningún lado. Ni en el oeste americano de Marcial Lafuente Estefanía, ni en el erotismo burgués de Corín Tellado ¿Quién sería ese tal Guillén que todos conocían? «Repique, pique, pique, repique, ¡po!», rechinó el metal de las ruedas del metro con el de los raíles. Se despertó sobresaltado y leyó en un rombo azul, blanco y rojo: 'Gran Vía'. Bajo de prisa y de prisa apareció un cielo argén y triste. Invariable. Un cielo al que nunca llegaría a acostumbrarse. Así era el cielo de Madrid.