El gallardo e iluminado presidente de Venezuela Hugo Chávez ordenó a mediados de julio a su independiente y alerta asamblea que tenían que aprobar leyes revolucionarias inexorables con las que él demolería la vieja estructura del Estado, y pidió que derogaran las leyes “burguesas y contrarrevolucionarias” que no dejan avanzar su socialismo del siglo XXI. Ni corta ni perezosa, la fiscal venezolana Luisa Ortega Díaz presentó, un día antes de que finalizara el mes («Para que vea, mi presidente, con qué premura obedezco sus deseos»), la Ley Especial de Delitos Mediáticos, un instrumento legal que permitirá al Gobierno de Hugo Chávez sancionar, con penas de seis meses a cuatro años de cárcel, a todo el que a través de los medios de comunicación divulgue informaciones que puedan atentar contra "la estabilidad de las instituciones del Estado", "la paz social, la seguridad e independencia de la nación", la "salud mental o moral pública" y el "orden público", o que "generen sensación de impunidad o de inseguridad" entre la población. ¿Cuánta oposición cree usted que encontrará la discusión de esta Ley? Cincuenta. ¿Qué te pasa, acaso no te das cuenta de que no se cuenta?
Una vez aprobada la revolucionaria ley, todos los ciudadanos venezolanos se deslizaran alegremente sobre el filo de este machete constitucional. ¡Qué hermosura de Ley! Y misteriosa además, por que todavía no se sabe quién calificará las faltas.
No habrá más tontas disidencias, ni discusiones políticas aburridas; todos, todos, todos, desde los descendientes de Santos Luzardo (“desde más allá que de más nunca”), de la Oficina No. 1; de los jinetes con sus lanzas coloradas y los desperdigados compañeros de Lope de Aguirre, todos, muy unidos y muy conformes, lucharán por mantener en posición firme a nuestro glorioso gobierno y a nuestro líder de palabra ardiente que, en brumosa y maldita hora, un pálido monarca europeo quiso embozar.
Que vea hoy ese rey cómo se manda a callar con gracia y poder.
Mientras tanto, en el Santuario Nacional, los restos de Bolívar se remueven inquietos porque, encerrado en su sepulcro, repite palabras de hace 180 años que hoy se diluyen sin salir al monte Ávila: “No quieren creer los demagogos que la práctica de la libertad no se sostiene sino con virtudes y que donde éstas reinan es impotente la tiranía. Así, pues, mientras seamos viciosos no podremos ser libres, désele al estado la forma que quiera…”