Continuando con la narración de mi viaje por la tierra de los vinos argentinos, dejamos Chilecito en La Rioja argentina y volando entre los escarpados picos de las sierras que forman parte de la cordillera andina, llegamos a San Juan, capital de la provincia del mismo nombre.
Es una provincia eminentemente agrícola donde predomina el cultivo de la vid, aceitunas, frutas y hortalizas, aunque también explota la minería y se inicia en las prospecciones petroleras. Es la segunda provincia productora de vino en la Argentina.
La explotación vitivinícola moderna se inicia con la llegada a San Juan de Angelo Antonio Pulenta quien allá por el año 1902 llega a Argentina desde su nativa Italia para "fare l’América". Se traslada a Mendoza y luego a San Juan, donde por su experiencia agrícola, inicia el cultivo de las variedades nobles europeas. Hoy día se cultivan las variedades blancas Viognier, Torrontés y Chardonnay, y las variedades tintas Malbec, Cabernet Sauvignon, Tannat, Merlot, Bonarda y Petit Verdot. Pero el vino por excelencia y del que se sienten orgullosos los sanjuaninos, es el Syrah. Como dato curioso y referente esta variedad, dice la leyenda que fue la vid que sembró Noé luego del Diluvio y la que sirvió para preparar el vino servido en la Última Cena.
Desde el aeropuerto nos llevaron a Bodegas Callia donde nos esperaba Vilma Gutiérrez, Educatora Enológica de la empresa, quien fue nuestra anfitriona durante el recorrido por el bucólico paisaje donde las vides se inclinan a aplacar su sed en el estanque que se encuentra en la finca y que sirve como reservorio para garantizar agua durante la época de estío y para refrescar el ambiente necesario para la crianza de los caldos.
Mientras nos recreábamos de la paz y sosiego que reinaba en el ambiente, Vilma nos explicó que la bodega pertenece al Grupo Salentein y fue creada con la intención de producir los mejores vinos de San Juan y especialmente, para elaborar el mejor Syrah de Argentina, aprovechando que la tierra es lo más parecido al desierto, con ese aspecto de tierra cuarteada y hostil, apta por estas aparentes adversidades, para producir un Syrah parecido a los clonos originales franceses del valle del Ródano de donde proceden.
La empresa adoptó el nombre de una dama de origen italiano que hace unos cien años atrás, elaboraba objetos de artesanía para regalos y con lo poco que ganaba, hacía muchas obras de caridad a favor de los hijos de los indios, lo que la hizo muy querida y famosa en la comunidad. Es la única bodega con nombre de mujer, que no lleva calificativo de tipo religioso.
Comercializa sus productos agrupados en tres líneas que de mayor complejidad a más juventud, se clasifican en Grand Callia, de limitada producción y que sólo se elabora cuando la cosecha puede garantizar un vino de alta expresión. Callia Magna, de vinos Premium y Callia Alta, con vinos jóvenes donde predomina el Syrah como monovarietal o en ensamblaje con otras variedades.
Cuando luego del recorrido por las instalaciones llegamos a la sala de degustación, recibimos la grata sorpresa de que Ariel Cavalier, enólogo de Bodegas Callia, nos esperaba con un despliegue de de caldos, que abarcaban todas las líneas de la bodega.Nos complacimos con disfrutar los jóvenes varietales de Callia Alta, comenzando por el blanco Chardonnay, el Syrah, primero en su versión rosada, y luego en las combinaciones de con Bonarda, Tannat, Malbec y Cabernet Sauvignon. De ahí cambiamos a los vinos Callia Magna, donde encontramos vinos más estructurados por su mayor tiempo en barricas y terminamos la jornada, con el esperado Grand Callia, Syrah con dieciocho meses en barricas nuevas de roble francés y americano y seis meses adicionales en reducción en botella, de gran expresión de aromas y complejidad en boca, que nos recuerda los vinos del Ródano. Callia bien puede sentirse orgullosa de sus caldos porque el esfuerzo alío la pena.
Y con gran reticencia, abandonamos tan agradable visita para, esta vez, tomar el autobús que nos llevaría a Mendoza.