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Camino al libro


El miércoles comienza la Feria del Libro en Atlapa, evento que es ya casi tradicional, y el cual constituye una ventana hacia la producción literaria nacional y universal en todos los ámbitos del conocimiento.

En estas épocas en que, paradójicamente, hay mayor conciencia de la importancia de la cultura, es cuando más voces se oyen denostando el valor del libro, aduciendo razones tan fútiles como diversas. En las últimas columnas, aparte de refutar a esos apóstoles de la barbarie, hemos procurado mostrar avenidas de aproximación al libro en general, y al cuento contemporáneo en particular, dado que es un género cuya extensión y contenido facilitan el necesario abordaje que debe realizar el lector interesado en caminar con propiedad por sus amplios y fértiles predios.

El domingo pasado dimos ejemplos de los pilares fundamentales del cuento: tono, atmósfera, lenguaje, personajes y recursos, empleando para eso un texto de Mario Benedetti. Hoy, cuando la brevedad es una condición esencial del género (dado que responde a condicionantes sociales que le exigen fugacidad, sin sacrificar significaciones), es oportuno que repasemos algunos de los temas que con mayor asiduidad se encuentran en el cuento contemporáneo.

 

El cuento literario enfoca con particular interés aquellos temas relacionados con situaciones psicológicas que muestran al ser humano en distintos tipos de jaulas, aprisionado, asfixiado, sometido, aunque a veces a gusto bajo tales condiciones, como vemos al pasar la mirada por nuestro entorno. El hecho de que nos miremos en tales condiciones, mediante el espejo de la literatura, provoca en nosotros, como lectores, una reacción crítica y quizás promotora de cambios. Todo eso, claro está, sin moralejas ni homilías, porque lo panfletario es incongruente con la intención del narrador contemporáneo.

En efecto, la decisión final, la conclusión, la idea imperante, ha de estar en manos del lector, cuyo mayor o menor bagaje cultural, al igual que su conformación ética y sus principios, serán siempre elementos modeladores de esa interpretación o “lectura”, necesaria y particular, que conlleva toda buena narración.

El cuento breve lo es en extensión, pero no en propósitos. Sin preámbulos, sin exposiciones dilatadas, sin conclusiones pontificales, nos muestra cómo somos, o nos advierte a dónde podemos llegar. Creo que estas características se pueden apreciar en “El enemigo”, de nuestro Mario Augusto Rodríguez (1917-2009):

 

“Recosté el taburete a la pared del portal. Me senté. Esperé. Pasaron los hombres cargando el ataúd. Pregunté:

—¿A quién van a enterrar?

Uno de los acompañantes se detuvo. Contestó:

 

—Es el cadáver de tu enemigo.

Cuando el cortejo fúnebre doblaba la esquina, sentí en los ojos la humedad de las lágrimas.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! –sollocé– ¿Qué será de mí sin mi enemigo?”

 

No faltará quien se vea reflejado, ojalá a tiempo, en este cuadro basado en aquella sentencia de inspiración oriental, que aconseja sentarse a la puerta para esperar el cadáver del enemigo que habrá de pasar. ¿Se sentirá a gusto reconociendo que su vida se basa en sostener una enemistad, comprobando que los opuestos se atraen, haciéndose dependiente, vitalmente dependiente, de quien estima como su peor enemigo? Opresión, situación límite y un mensaje trascendente, sin discursos ni explicaciones que resultarían innecesarias.

El próximo domingo continuaremos; pero no olvide: vaya a la Feria del Libro, bríndese esa oportunidad que se merece; aproveche los coloquios que gratuitamente se ofrecen a todo el público en la primera planta de Atlapa, ojee las propuestas bibliográficas y, de paso, averigüe si es cierto que “cada libro tiene un ritmo que te mueve”.

Que la palabra te acompañe.


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718931
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América