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Campeón lona

¡Llegó el campeón!, gritaron. Fui campeón en las filas del boxeo aficionado. Me había retirado invicto y al retirarme cambiaron mi nombre y apellido, causaban mofas. Tengo


Leocadio Padilla (Colaborador) / Colaborador

¡Llegó el campeón!, gritaron. Fui campeón en las filas del boxeo aficionado. Me había retirado invicto y al retirarme cambiaron mi nombre y apellido, causaban mofas. Tengo un récord que aún no han batido y que me puede colocar en el Salón de la Fama. Tuve treinta peleas. Perdí veintinueve por la vía rápida. No duraba los tres minutos. Besaba la lona a los segundos del primer asalto. Solo tuve un empate con un tal “Mano de Coco”, Machi San Juan. Desde ese día me llamaron Campeón Lona. Esa noche nos reunimos en la casa del vecino.

Las mujeres desinteresadas estaban en el patio y las otras sentadas en la sala. Nos reunimos para ver el espectáculo, el “show” principal, que había sido anunciado durante varios días por la televisión. Las bebidas surtían su efecto y las fotos que tomaban con el celular, las risas, las burlas y los insultos habían caldeado el ambiente.

La función no tuvo anuncios de promoción ni canto de himnos ni chicas que anunciaran los asaltos. Ni había un que rugiera como un león ni gradas ni entradas especiales. Las cámaras de televisión eran los ojos humanos y con garantía. No se pagaba, no existía el pague por ver, porque todo era en circuito abierto. La pelea se anunciaba en el momento, al instante, la promoción iba de boca en boca. Rebotaba por las calles, entraba por las casas, por los bares y por los callejones.

Los fanáticos se acercaban con las caras asombradas y salsosas. Los balcones eran los sitios preferidos y se llenaban de burlas. Éramos el aperitivo, un relleno de pavo. No usábamos guantes ni calzones cortos ni calzados llamativos. Nuestra presentación era normal, con pantalones largos y con camisas. No se escuchaba la voz de la campana, no había minutos de descanso, no había jueces ni cuerdas que hicieran rebotar nuestros cuerpos.

Mi contrincante era fuerte y su ataque era feroz. Con su saltito de tigre, jab, jab, ¡puf!, me ponía iracundo. Con su zigzag, jab, jab, ¡pom, pam, pom!, entraba como Pedro a su casa. Me castigaba con una andanada de golpes y su sitio preferido era mi cara, jab, jab, ¡ah!, ¡oh! Los golpes entraban entre ceja y ceja y tenía que aguantármelos.

Les tiraba tres golpes a sus costillas que eran como esponjas. Se reía. Un cuerpo a cuerpo, ¡ah!, ¡oh!, un crochet. Tenía un ojo cerrado y una herida en mi párpado. La sangre empezó a correr por mi mejilla. Jab, jab, un cruzado directo. ¡Oh!, mi derrota quedaría marcada en el rostro. Con un uppercut sorpresivo, ¡puf!, ¡paf!, ¡oh!, me envió a la lona de cemento que estaba mojada.

La calle quedó vacía. En los balcones solo habían quedado las ropas y las ventanas estaban cerradas. El monzón había llegado y fue mi salvación. Me sentí abandonado por la fanaticada. Mi rival había desaparecido. Atónito escuchaba el eco de un “¡let´s get ready to rumble!” . Después la voz de mi rival que correaba los golpes de los dos boxeadores que se presentaban por la televisión. Yo estaba tirado en plena calle y me sentí como un saco de arena humano, mojado y sembrado.


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826661
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América