Deportes

Canallas despreciables y descartables

Momentos estelares de la humanidad puede que haya varios, dependiendo, claro está, de qué consideremos realmente importante. El momento en el que el hombre aprendió a crear


Mónica Miguel Franco (Antropóloga, escritora y actriz) / Antropóloga, escritora y actriz

Momentos estelares de la humanidad puede que haya varios, dependiendo, claro está, de qué consideremos realmente importante. El momento en el que el hombre aprendió a crear fuego puede ser uno, el instante en el que alguien descubrió que los dioses existían, otro. Pero uno de los más importantes para mí es aquel día, hace unos diez mil años, siglo arriba, siglo abajo, en el que un hombre cayó en cuenta de que tener alrededor a un bicho de cuatro patas y lengua colgante puede que no fuera tan mala idea y dejó de tirarle piedras para que se alejara. Escribo esto con una bola de pelo fulo enroscada entre mis brazos y el computador (por más que lo he intentado se niega a moverse) y otro ser que dormita a mis pies mientras sueña que está persiguiendo conejos (o zarigüeyas, o cualquier cosa que sea que persigan los perros de hoy en día). Acabo de terminar de ver las noticias y aún tengo en la boca el regusto acre de la maldad humana. Mis perras me ofrecen refugio y paz mental y yo reflexiono acerca de la lealtad. La lealtad que hace que un perro siga fiel a su dueño aunque este sea un verdadero hijo de puta. La lealtad de los animales que permanecen, a pesar de los palos y los maltratos. La bonhomía de un animal que, a pesar de haber sido tremendamente maltratado cuando aún no tenía un mes de vida, es capaz de olvidarse de todo y simplemente quererte.

No puedo entender cómo alguien puede maltratar a un perro, cómo alguien puede mirarles a los ojos y aún así tener la sangre fría de hacerle daño. Y, como yo no soy tan buena como mis perras, se me alborotan los centros y simplemente apelo al ojo por ojo taliónico con esas malas bestias… Quisiera saber si es cierto que a ese vil trozo de morralla la ley (una nuevecita que tenemos) le va a hacer algo, o si dentro de un tiempo otro perro y otro más van a caer en sus manos para que pueda desahogar su frustración por ser un fracaso como hombre. Su cara debería aparecer en las redes sociales para que todos pudiéramos saber quién es y le podamos escupir en el cielo de la boca o tirarle el coche y dejarlo sufriendo (matarlo es demasiado piadoso para esa gentuza).

A veces me han acusado de no tener en mucha estima al género humano en general y es una acusación completamente cierta, día a día lucho contra mi misantropía y reconozco que con los ejemplos de homínidos que andan hoy en día pululando por ahí no es fácil mantenerla a raya. Hasta me molesta que la palabra canalla haga referencia etimológica a los perros, ellos no se merecen que los relacionen de ninguna manera con ese tipo de desechos ruines y rastreros.

La ley que se aprobó en Panamá hace poco contra el maltrato animal, en lo que a mí respecta, es demasiado blanda. Porque si me preguntan a mí qué castigo merece el tiparraco que torturó hace unos días a su perro, que le cortó la lengua y las orejas y lo colgó de un árbol… si me lo preguntan a mí les diré que yo le cortaría los testículos y se los haría comer. Y para que no digan que soy mala gente antes habría hecho que viese cómo se los freía bien fritos en su propia manteca (seguro que tiene unas buenas lorzas cerveceras) para que no fuese a decir que soy cruel por hacerle comer basura cruda.


fecha edicion
old id
838246
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América