Se suponía que los Dolphins estarían eliminados a estas alturas de la temporada y que su única preocupación sería conservar saludable a Ryan Tannehill y esperar la respuesta de la NFL a un escándalo de acoso en el equipo.
Pero algo frustró las predicciones de que Miami tendría una foja con más derrotas que triunfos y viviría una debacle después de que un integrante de la línea ofensiva abandonara el equipo al decir que un compañero lo hostigaba.
Columnistas, rivales y espectadores por igual pusieron en duda el liderazgo del equipo, dijeron que el cuerpo de entrenadores había cedido el control al guard Richie Incognito, el jugador señalado de cometer el presunto acoso. Pero en vez de resignarse, los Dolphins se unieron. En lugar de desplomarse, encontraron la forma de ganar.
“Fue como una bendición disfrazada”, dijo el tackle Bryant McKinnie.
Ahora, los Dolphins se encuentran en la antesala de los playoffs, con un repunte tan sorpresivo como oportuno. Tienen por delante dos partidos que parecen accesibles, ante Búfalo y los Jets, y controlan su destino en una campaña en la que no parecían ejercer control ni siquiera de su vestuario.
Mientras los investigadores de la NFL viajaban a Miami para realizar entrevistas, algo empezó a transformarse.
El domingo, un safety sustituto que jugaba su primer encuentro en la NFL interceptó un pase en la zona de anotación para coronar una victoria sorpresiva sobre Nueva Inglaterra. Así, los Dolphins se colocaron en un carril de privilegio que podría llevarlos a la postemporada por primera vez en cinco años.