Mi nombre es Claudia. Tengo 19 años. Hace dos meses salí de la cárcel. Estuve presa por espacio de cuatro años por consumo y venta de drogas. Quiero revelarte mi sufrimiento durante estos años de cautiverio. En realidad no fue nada placentero.
El inicio.
Me inicié en el bajo mundo de las drogas cuando apenas tenía 13 años. Vivía con mis padres y mis dos hermanos. Durante esos años mi vida transcurrió de manera bastante aceptable económicamente para una familia de clase media. Mis padres ambos son profesionales y los considero bastante buenos para la tristeza que les he hecho pasar durante mi adolescencia y mi estadía en la cárcel.
Profesores y compañeros.
Mi escuela primaria y parte de la secundaria la hice en un colegio privado. Durante los tres primeros años de mis estudios secundarios cambié tres veces de escuela. Por mi comportamiento, los profesores y mis compañeros me despreciaban. Lo que ellos no sabían era que con mi actitud rebelde lo que buscaba era llamar la atención. En el fondo mi afán fue buscar el aprecio de ellos, no el rechazo. Me afligía cuando me miraban mal y me trataban como basura. Detestaba la escuela por eso.
Mis padres.
Por sus obligaciones de trabajo y con el interés de brindarnos lo mejor en el aspecto material, no tenían el tiempo suficiente para la convivencia familiar. No creo que esto haya influido en mi problema. En realidad no sé qué influyó. Todo pasó tan rápido. La época de la adolescencia es una que cuando te das cuenta pasó y no hay vuelta atrás para rectificar errores.
Cuándo empecé.
En primaria fui una excelente estudiante. Mi problema empezó al inicio de la secundaria. Me gustaba hablar por teléfono por largas horas, ver televisión y chatear con mis amigos. Me obsesioné con la pornografía que fácilmente encontraba en la Internet y en la televisión, a tal punto que a mis 11 años deseaba tener relaciones sexuales. Pero no me atrevía. Me daba miedo y no tenía con quién hacerlo. En una ocasión, mi mejor amiga me invitó al cumpleaños de su hermano. Mis padres se opusieron. Argumentaron que estaba muy pequeña para empezar a salir a fiestas. Tal fue mi insistencia que me dieron permiso hasta la media noche. En esa fiesta no pasó nada, pero me gustó. Conocí a otros chicos y chicas. Ese era un mundo nuevo para mí. El mejor en ese momento. Empecé a beber. Mi primera ingesta de alcohol fue una cerveza. Muchas veces hacíamos competencia para ver quién aguantaba más.
Las fiestas que hacíamos en la playa eran mis preferidas. Allí corría el guaro y te divertías hasta más no poder. En verdad, no recuerdo cuándo probé por primera vez la marihuana. En esa ocasión me mareé y vomité, luego me habitué a ella con naturalidad. El problema fue con la cocaína. No sé qué me pasó. No olvido cuando Miguel, el noviecito que tenía en ese entonces, y varios de sus amigos me incitaron a probarla. Conseguirla me resultaba difícil por el precio. Pero me las arreglaba. Nos reuníamos en distintas casas a divertirnos. Cuando mis padres no me daban permiso para salir, esperaba que ellos se durmieran y salía a escondidas. Era prity porque el grupo me aceptaba y me complacía en todo.
El desenfreno en las discotecas era lo que más me atraía. En casa, las cosas no iban nada bien, discutía mucho con mis padres hasta tal punto que logré que ellos se separaran y así podía manejar a mi antojo a mi mamá, la más vulnerable. La rebeldía que demostré en ese entonces era mi peor consejera.
Sexo y algo más.
Otro aspecto importante fue el sexo. Antes de cumplir los catorce años y estando en la playa con un grupo enorme de muchachos, decidimos en horas de la noche bañarnos en el mar. La noche anterior había tomado tanto que no supe de mí hasta el día siguiente. Aún recuerdo que me levanté con este apetito que me atraganté de comida.
Me arreglé, me dispuse a encontrarme con mis "pasieros", y me dije que no iba a probar nada de licor. Pero que va, estando en el grupo y al verlos a ellos tomando licor y cogiendo cocaína, pues allí tú caes. Tan fácil como eso.
Esa noche no me di cuenta de que me habían violado cuatro de mis supuestos amigos y entre ellos estuvo Miguel. Jamás se lo dije a nadie pero quedé embarazada y con una grave infección vaginal. Tan sólo tenía 13 años.
El embarazo.
En cuanto al embarazo la decisión que tomé fue la más fácil: el aborto. Así es que, me convertí en criminal. Sesgué la vida de una criatura que no pidió venir al mundo en esas circunstancias y que tenía todo el derecho a la vida. Qué otra cosa podía hacer con mi inmadurez a cuestas.
Por complacer a mi madre iba al colegio y me costaba concentrarme en mis estudios, de modo que le hacía ver que iba y no era así. Me escapaba. No contenta con esto y para poder comprarme ropa de marca y conseguir las cosas que quería para "pifiar" con mis amigos empecé a robarle a mi madre hasta el día que se dio cuenta. Casi muere, la pobre, y a mí ni siquiera me importaba lo que ella sentía. Como remedio a la situación que la martirizaba, me mandó a vivir a casa de unos tíos. Como era de esperar no me soportaron y volví a casa de nuevo.
De mi padre no sé nada desde aquel día que nos abandonó, se fue a vivir con otra mujer, con razón peleaban tanto que me hacían llorar. Me causaba miedo pensar que algún día me abandonaría. En cambio, los padres de Miguel vivían juntos, y eran muy correctos y cariñosos. Y, a pesar de esto, Miguel intentó en dos ocasiones quitarse la vida. Estuvo en un centro de rehabilitación de drogas.
¿Cómo caí en esto? Sencillo de responder. A mis 16, conocí a Juan Francisco. El tenía 24, y trabajaba como bartender en una discoteca de la localidad. Una noche nos reunimos en su casa; allí, entre coqueteos y demás, le conté que necesitaba dinero. Él me sedujo a vender marihuana y cocaína. Así lo hice y a los días me atraparon.
Como verás, no terminé mis estudios. Mis padres casi mueren. Mi abuela sufrió un derrame cerebral y yo fui directo a la correccional. Si me estás leyendo y estás por principiarte en el mundo de las fiestas en una edad en que no estás preparado para la intimidación; pues, te digo que tengas cuidado porque el grupo presiona e influye en tus decisiones.
Reflexión.
Los jóvenes suelen decir que los padres exageran sobre el poder que tienen los demás sobre sus hijos. Déjame decirte que tienen razón. Esta llamada presión de grupo empieza en la escuela entre tus compañeros de clases.
La edad de unirte a ellos varía dependiendo de tu conducta. Debido a la seducción social derivada del consumismo, la fuerza que se ejerce en el área rural es muy distinta a la que funciona en la capital.
Te explico: aquí en la ciudad se le da mucha importancia al dinero. Mis amigos tenían cosas que mis padres muchas veces no podían darme, y para no sentirme mal prefería en ocasiones no reunirme con ellos; pero al quedarme en casa me aburría. En aquel tiempo, no me parecía que mis amigos me presionaban. La mayoría de las veces hacía lo que a mí me daba la gana, y ellos hacían lo que yo les pedía. Pensaba que mi abuela exageraba cuando decía que mis amigos influían negativamente en mí. Además, afirmaba que no hacíamos nada malo. Uno que otro fumaba un cigarrillo o se tomaba una cerveza. Y, una cerveza no hace daño. Los viejos exageran.
Los jóvenes, sin darse cuenta, se acostumbran a la presión que se ejerce sobre ellos. Ésta se convierte en un desafío de todos los días. El peligro está cuando el adolescente busca aceptación o aprobación, elementos que no encuentra en su hogar.
Muchas veces, la tan ansiada aceptación puede hacer que te ajustes al modo de pensar de la otra persona, debido quizás, al predominio que ejerce sobre ti. La rutina diaria de las clases, estudios y obligaciones familiares hace que te mezcles con gente que no comparte estos principios elementales.
Si no tienes otros intereses en tu vida como hacer ejercicios, deportes, escuchar música, leer, practicar un credo religioso, caes con más facilidad. Queda claro que la gente quiere ser aceptada por los que están a su alrededor. Yo no lo niego, a mí me sucedió. Pero te arriesgas a sufrir las consecuencias sino tienes los controles adecuados para enfrentarte con valentía a los retos de la vida misma.
La influencia de los demás.
Nuestros pensamientos y sentimientos están sometidos a continuas influencias. Y antes de que nos demos cuenta, estas influencias nos pueden alejar de las normas a las que siempre pensamos que nos ceñiríamos.
La popularidad es otro factor que vale la pena mencionar. Hay quienes quieren alcanzarla a cualquier precio, desde tener relaciones sexuales promiscuas y frecuentes hasta llevarlo a consumir drogas y abusar del alcohol. Desafortunadamente, hay casos de jóvenes adolescentes que escogen entre sus amigos íntimos, a los que participan en este tipo de actividades que consideran normales e incluso dignas de elogios. El peligro está en que poco a poco se va amoldando a tu modo de vida.
Nuestras debilidades.
Todos debemos ser conscientes de nuestras debilidades y preguntarnos con franqueza: ¿En qué puntos soy débil? ¿Hasta dónde estoy dispuesto a recibir elogios o alcanzar popularidad o categoría social? Es posible que no te expongas a relacionarte con consumidores de drogas o con personas promiscuas.
Al ligarnos estrechamente con quienes pueden influir de forma negativa en nuestro punto débil, nos arriesgamos a ser manipulados por la presión de grupo y a que nos ocasione un daño irreparable. Definitivamente, también se puede optar por sacarle provecho a la fuerza negativa que ejerce el grupo sobre ti.
Te diré que mi rebeldía, estado emocional considerado muchas veces normal, me defraudó. La apatía, el desánimo y la depresión se apoderaron de mí. El suicidio rondaba por mi mente. Mi afán ahora es el de rehacer mi vida, y ya estoy por lograrlo. Al salir de la correccional me encontré sola. Mi familia vive avergonzada de mí. Me toca ahora no retroceder sino seguir adelante y mostrarle al mundo de lo que soy capaz. El tiempo en la prisión me ayudó a reaccionar. Me acerqué a Dios y siento que Él me brinda su amparo y protección. Pero exige de mí, sacrificios.
En la actualidad.
Trabajo en un almacén de ropa. Asisto a la escuela de noche. Los sábados y domingos dicto charlas a grupos de jóvenes con el mismo motivo que lo he hecho contigo al escribirte esta carta. Tienes que saber que hay muchas cosas que afectan a la sociedad. Me refiero a la falta de una buena y verdadera orientación sexual, familias disfuncionales, la violencia generalizada, las relaciones sexuales prematuras y promiscuas, los problemas sociales y económicos, y la presión de grupo.
Por último, cuando sientas que tus fuerzas te abandonan, busca la orientación de un especialista. La ayuda de Dios es imprescindible. No te hundas en el pantano del dolor. Analiza las opciones y supérate, pues no hay problema que no tenga solución, y jamás te doblegues ante nadie.
Un abrazo,
Claudia
: Claudia fue paciente de la psicóloga Geraldine Emiliani. Ahora tiene 22 años. Está felizmente casada y tiene un bebé de 9 meses.
Nota