Hace mucho tiempo, en un lugar que no podemos olvidar, nació un escritor que les dio a las palabras una magia que nos invitó a soñar con la libertad, la justicia, la lealtad, el amor, la patria, la política como el arte de gobernar; que nos habló de una edad dorada y nos enseñó a luchar contra los molinos de viento.
Ese escritor desarrolló todas las técnicas narrativas, poeta y dramaturgo, creó una novela barroca con dos personajes inéditos: Don Quijote, un caballero en busca de su destino, y Sancho, el analfabeta ilustrado. Fue un innovador de las formas, introduce el realismo mágico y lo real maravilloso con fantásticas metáforas, su imaginario carece de coordenadas y sus horizontes se renuevan en cada lectura. Ese escritor tiene un nombre, Miguel, y un apellido que se ha multiplicado en todas las latitudes y tiempos, Cervantes.
Siglos después, en un pueblito del Caribe colombiano, cuyo nombre siempre recordaremos, ese escritor ibérico reencarna en Gabriel García Márquez.
Ese Gabriel es el hijo de Cervantes y hace también una novela barroca con personajes de fábula, viviendo en Macondo.
Gabriel crea una narrativa embriagante con simbolismos míticos, su trama oscila entre lo insólito y grotesco con lo fantástico, armoniza lo real con lo cotidiano, y con estilo directo le da a su lírica prosa tonos filosóficos y sociales. Su humorismo tropical le da un ritmo singular y uno de sus protagonistas vive un amor fluvial, él también es fiel a su Dulcinea, el amor es una paradoja que vence el tiempo, pues cada amanecer es una esperanza.
Gabriel disfruta hoy en el planeta Tlon de Jorge Luis Borges, de tertulias literarias con los grandes de las letras universales. Cada lector le dará vida cada vez que incursione con entusiasmo en sus obras. Sir Richard Brooks, el escudero cósmico del Quijote, en su Clavileño llevó a Gabriel a ese paraíso de las letras.
Un abrazo quijotesco para Gabriel de su apasionado lector Ricardo Arturo Ríos Torres.