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Charla nocturnal

“Hablar no cuesta… excepto cuando lo hace la Asamblea” ¿De quién será esta frase? Acostados, Mili reclama que no fuimos a lo de Jorge Ricardo. Lo


“Hablar no cuesta… excepto cuando lo hace la Asamblea” ¿De quién será esta frase?

Acostados, Mili reclama que no fuimos a lo de Jorge Ricardo. Lo cierto es que yo fui, pero al día siguiente de la presentación. En Exedra me dijeron, «Lo esperábamos, señor Neco.» Ah, carajo, creí era hoy. Se lo dije a Mili. Luego ella me preguntó por el tío Jorge. Le digo «pero si acabo de decirte...». No, replica, hablábamos de Jorge Ricardo, él no es tío tuyo, es primo. Ah, diablos, tienes razón, digo. Y pregunto, ¿nosotros estábamos invitados a su casa, no? Sí, me dice, pero llegamos un día antes de la reunión familiar. Con razón digo, encontramos estacionamiento tan fácil. El tío almorzaba solo y le dejamos un regalo con el chófer.

Nos reímos como locos. ¿Será la edad? Las carcajadas en nuestra calle resuenan haciendo pedacitos el silencio. Serían las once y media de la noche. Una hora de sobretiempo le robamos al sueño.¿Qué dirán los vecinos? Ja, para lo que nos importa. Ellos me contestarán al día siguiente con el ladrido de sus perros o el rugir del motor de su cortadora de césped.

 

Cincuenta y dos años de dormir juntos y todavía charlamos en la cama. Mili esconde el codo porque siempre quiero acariciarlo. Le digo que eso me excita terriblemente. Ella dice que si es terrible podría ser peligroso, que a mi edad una excitación terrible me puede acalambrar hasta dejarme tieso. Y yo le digo, no menciones esa palabra. Y ella dice, cuál, “acalambrar”. Y yo le contesto, no, “tieso”. Ya ves, no puedo... ni quiero evitar seguir siendo como soy. La excitación en la cama es una vitamina llamada vida. Cállate, me dice. ¿Por qué no leemos? Y qué lees, le pregunto. Un libro de biografías cortas de Rosa Montero. Ah, le digo, cuéntame qué dice. Bueno, dice que Juana no era tan loca y que su Felipe no era tan hermoso. Dejo caer el brazo con disimulo y avanzo la manita muerta hasta su codo. Ella lo esconde bajo la almohada. ¿Le pusiste comida al perro? pregunta. Él comió, yo no. Y qué, ¿ahora cenas? Sí, dos ciruelas pasas y cuatro dátiles. Cena de príncipe en el exilio, como diría Boris Z. Ella oculta un terco bostezo, alcanza a preguntar: ¿pusiste la alarma? Sí, miento, pero de un manducazo el sueño me deja K.O.


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932204
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América