C uando Hegel dijo que el Estado es, o debería ser, la libertad organizada, se refería a que el Estado, que no tiene el nombre de ningún partido, organizaría sus leyes de manera que no menoscabaran la libertad de sus ciudadanos; además, esa libertad colectiva no debería afectar para nada la libertad de los individuos.
Por cumplir con esas leyes básicas, no salgo a la calle con una pistola y hiero en los juanetes a más de cuatro. Debo controlar mi modesto deseo si quiero conservar mi libertad. Así, con amenazas de castigos, se mantienen limpios en los escaparates los modelos de libertad de nuestro pequeño almacén. ?
Ahí tiene, por ejemplo, la libertad de expresión. Debe ser amplia, pero encuentra frontera cuando empuja la libertad de ser del otro. Simplificando: «No seas bruto, no puedes ofender impunemente».
¿Quién se atreve a juzgar pecaminoso que un político cambie de parecer y decida apoyarse a sí mismo en vez de apoyar a quien se lo había ofrecido? ¿Qué clase de juramento de sangre obliga a desechar su sagrada libertad ("hasta la de contradecirme", según Unamuno) de cambiar de parecer?
Así como el papel aguanta todo lo que le escriben, la televisión a veces se torna peligrosa al difundir todo lo que se le paga. A diferencia de lo escrito en papel, la TV es más letal por lo fácil que entra en las molleras de sus espectadores. Por eso muchos votaron "SÍ" en el plebiscito por el ensanche del canal. Tenían la esperanza de probar (antes de morir) una tajadita del pastel que, sin cuajar, salió humeando en todas las pantallas. Llamar traidor al esqueleto de un candidato porque, junto a 200 mil más, se opuso al ensanche es una ridícula insania.
Los golpes bajos no sólo enfurecen al que los recibe, disgustan a los indiferentes, y creo que hasta a los seguidores del que pelea sucio. El efecto que producen es el del "veneno contrario" que se aplica a la minga en billar para que coja para el lado opuesto a la dirección que se le imprimió. Ojalá los creadores y auspiciadores de tales pobrezas creativas entiendan lo del veneno contrario.
Una primeriza y solitaria chichipatada no los hace chichipatis, pero nos pone en alerta roja.