Desde el mar, el viejo barrio parecía un puerto donde de pronto hubieran anclado decenas de embarcaciones. Los techos de las casas, una explosión de óxido y colores antojadizos saludaban el cielo siempre amenazando llover. La ropa colgada en los tendederos del solar o en los balcones, que daban para la calle, semejaban velas rasgadas, tremolantes, sin orientación, a la deriva. Echadas, una sobre la otra las casas navegaban en una nube inmóvil de calor y pereza. Un intrincado sistema de callejones, patios, solares, ventanales y balcones mostraban su tristeza o su alegría según las cuentas del sol o de la lluvia. La vida transcurría con dificultades pero sin severidad. Tan normal era el pregón dominical de las billeteras y del canillita, vendedor de diarios, como el reclamo por las deudas del fiao de la abarrotería de los chinos, que ya se abrían campo en el comercio local o de las carnicerías regentadas por los santeños, recios interioranos, que habían llegado a formar parte de ese escándalo étnico en que se convertiría Chorrillo en el futuro. Las calles eran eventual paso de camiones repartidores y siempre campo de juegos. El Barrio era ese mar de casas de madera, más bien cuarterías para solteros, construidas con la intención de alojar a los numerosos trabajadores, antillanos la mayoría, del Canal de Panamá. Una casa de inquilinato de dos plantas, podía constar de hasta cuarenta cuartos de 20 metros cuadrados y dos baños para todos, uno en la planta alta y otro en la planta baja. Un espacio comunal para el balcón y ventanas orientadas hacia una servidumbre, que separaba a la casa terminada de la que estaba construyéndose, separada por apenas dos metros, era lo que llamarían hogar. Más tarde, la complicidad de las mujeres, que los hombres conocían en fiestas y en bailes sabatinos, vinieron los hijos, la familia, y el barrio se fue convirtiendo en esa comunidad de intereses, de olores, de colores y de una manera aparentemente fácil de vivir. Barrio obrero, mítico, icónico, histórico, martirizado por casi todos los gobiernos que se sucederían a lo largo del siglo XX, y otras veces derrotados por la intervención armada de los norteamericanos. Durante el día pueblo fantasma, hasta la vuelta de la labor se dejaban escuchar los radios de transistores y de onda corta para conocer las noticias y las programaciones de las pocas emisoras, bilingües algunas, que había por entonces. El juego de dominó en el Parque de los Aburridos, era otro de los entretenimientos para matar el tedio y sobrellevar la nostalgia de caribe a aquellos barbadenses y jamaicanos que no preferían las cantinas o los teatros.
Chorrillo vive: Centenario
El Barrio era ese mar de casas de madera, construidas con la intención de alojar a los numerosos trabajadores, antillanos.