Exprimo al máximo el campanero placer de usar epígrafes para reconclavar mis propios pensamientos. Mucho antes de ser un vicioso lector de Montaigne, ya me habían deslumbrado las citas que usaban Carlos Fuentes, Huxley, Durrell, Juan Ramón Jiménez, Conrad y las originales citas de Jorge Amado, que generalmente son de él mismo.
Al principio de mi carrera de lector, es decir, en mis primeros diez años de lectura desbocada, ni siquiera sabía que a esos pensamientos puestos entre comillas al principio del libro y que no eran firmadas por el autor sino por otros, les llamaban “epígrafes”.
Cuando comencé a escribir utilicé una “cita” por inercia. Era una frase que me había gustado y me pareció que podía empezar mi escrito con ella. Un amigo, que tuvo el coraje de leerme, me dijo con leve sarcasmo (¿leve?): «lo que más me gustó fue la cita que usaste». Y yo, inocente hasta la mueca, le pregunté: «¿Me la señalas, por favor?» Desde entonces inicié mi larga relación (ojalá sea interminable) con las citas y más citas y las otras ya remotas citas.
Observé que aparecían en casi todo lo que leía. Y no sólo como epígrafes, vanguardia de un texto, sino en los mismos riñones del escrito. Antes de comenzar este artículo me puse a revisar a mis autores favoritos. Muy pocos son ajenos o ignoran el uso de epígrafes. Entre ellos Saul Bellow que parece alérgico a ellos, aunque sus novelas tienen mucho de ensayo. También me resulta muy extraño que otro judío como Isaac Singer, tan dado a las notas introductorias, jamás las use.
Yo prefiero, más que nada, los epígrafes que adornan el principio de libros, o discursos, o ensayos o cualquier otro escrito que quiera engalanarse con un pensamiento ajeno para dar más crédito a lo que más adelante se planteará.
Caprichosamente intolerantes se muestran los que no quieren perdonar el acierto y la belleza de la mayoría de las citas y acusan a sus usuarios de utilizar muletas para ayudar a encaminar sus pensamientos. Lo de muletas me gustó, por eso lo cito aquí.
Para usar una cita, primero tienes que haberla leído, digerido y de alguna forma (ya sea subrayada, memorizada o coleccionada aparte) estar seguro que guarda relación con lo que escribes.
Las frases que crecen y crecen en mi inmenso depósito, no saben que en cualquier momento me harán feliz convirtiéndose en epígrafes.