Ese verano, sin proponérselo, y creyendo que me daría un castigo bien merecido, mi madre me hizo un gran regalo: entregarme la llave que abriría la cerradura de lo que fue por aquel entonces, y continúa siendo, cuatro décadas después, el más dorado de mis recuerdos.
Que fuese su único hijo y que ese invierno mis notas escolares fuesen tan mediocres contribuyeron un tanto; pero ahora que rebusco con cautela en mi memoria todos los posibles motivos que contribuyeron al hecho, también debo tomar como muy probable, el afán que ella tenía por lo educadamente correcto.
Las buenas maneras, los saludos, la caballerosidad, las horas del té, los pésames y las servilletas de lino almidonadas formaban parte, entre muchas otras cualidades del repertorio de excelencias básicas que podrían hacer de alguien, una persona honorable.
De modo que ese día en que decidió que se torciera el disfrute de mi verano porque debía aprender a tocar un instrumento musical, cuando escuchó que le salí al paso con la palabra guitarra fue rápida al imaginarme convertido en un bohemio melenudo, lo que debió tocar alguna alarma dentro de su mente, pues me dijo que ni loca iba a permitir que su único hijo se convirtiera en "un bueno para nada", cuando lo que siempre había soñado era estar orgullosa de que su vástago tocase el piano.
¡Mamá, eso no puede ser, tocar piano es cosa de niñas! —le dije buscando su comprensión. Pero de más está decirles que cuando recibe este tipo de revelaciones divinas, nunca da su brazo a torcer; es más, empezó a decir que cómo no se había dado cuenta antes de la perfección de mis manos y de que mis dedos largos eran absolutamente adecuados para tocar el piano; y así como ésa, una sarta de razones que la llevaban a verme convertido en un prodigio.
Recuerdo que levanté con extrañeza las manos hasta mis ojos para ver si es que habían cambiado, pero no, eran las mismas larguiruchas y feas de un adolescente de dieciséis años.
El plan la tornó alegre y diligente mientras yo veía su ir y venir de un lado a otro de la casa sin inmutarme siquiera en decir mu por no romper ese sortilegio afanoso en el que estaba inmersa.
Llamó a varias Academias de Música y aparentemente todas le contestaban que no, que estarían cerradas hasta la próxima temporada de clases y yo, al oírla, cruzaba los dedos de pianista en ciernes y me anotaba un gol.
Pero no crean que mi madre tan perseverante iba a dejarse ganar por un muchacho. Ese revés era cosa de nada para ella, ya que no tardó en averiguar, que sí, que sí existía ese mortal destinado a convertirme en un pianista.
Se sorprendió un poco cuando comprobó que no era un mortal sino una mortal la que le ofrecían los dioses para esa augusta tarea, pero eso, en vez de desanimarla, la hizo sentirse requetebién. Sus amigas le confirmaban por teléfono que la señora en cuestión tenía poco de haberse mudado a nuestro vecindario, a cuya casa ellas habían ido a darle la bienvenida con un pastel recién horneado. Que tenía una casa muy bella, que era esposa de un Capitán del Ejército confinado en algún país del Oriente; pero, sobre todo, que era una señora de clase. Y eso, como comprenderán, fue para mi madre "el no se hable más del asunto," porque la señora tenía, en suma, todo lo que para ella era indispensable en la vida.
Recuerdo que llegó toda alborozada cuando se produjo su primer encuentro para fijar los detalles de mis clases; los mismos que lógicamente se resumían en: "De lunes a viernes de 5 a 6 p.m."
Sin embargo, la visita que había hecho le dio tema de conversación para durante mucho rato contarle a mi tía que: la señora Clarissa tiene unas porcelanas de Lladró en la sala que dan hipo, sobre la mesa del comedor otra con unos delfines de Lalique que te lo quitan, y arriba de la chimenea una colección de platos de Limoge, pero azules; Carmina, le decía a mi tía, ya sabes que de ese color se ven más finos. Y mi tía asentía.
Cuando llegó el día señalado me sentí tan abatido como un cordero al que van a degollar. Mi madre se encargó de supervisar mi apariencia, aunque se quejaba de lo rápido que me habían crecido los brazos y que la camisa me quedaba, por tanto, muy corta de mangas. También protestó porque a Don Joaquín, el peluquero, ya se le olvidó cómo hacerte el corte o qué; para luego arreglar todo el desenfreno de sus anteriores frases cuando se acordaba de mi designio divino.
Y dijo: --No, tesoro, ya sabes que creo que todo sucede por una razón: las mangas te quedan cortas porque para qué las quieres largas si necesitarás arremangártelas para que estén libres para tus movimientos; y esa melena alborotada, te va como anillo al dedo. ¿Recuerdas la cabellera de los directores de orquesta?
Como siempre, yo me quedaba callado para ver si se acordaba de que en todo caso iba a mi primera clase de piano y no a dirigir nada. Me despidió con un sonado beso y un “que te vaya bien, cariño”.
Me encaminé a casa de la Señora Clarissa después de sacudirme un poco los mimos, y sólo Dios sabe cuán abatido.
Al llegar a su casa escuché:-- “Pasa, por favor y espérame un poquito”. Entré, me senté y recorrí con la mirada todos esos objetos que mi madre había descrito. No pasaron ni cinco minutos cuando se presentó una mujer como de 30 años y absolutamente divina que yo tomé por la hija de la maestra de piano; no sé por qué siempre había dado por sentado que se trataría de una doñota con el doble de edad de esta belleza que ahora tenía enfrente.
Disculpa que te haya dejado la puerta entreabierta, es que la chica de servicio se va siempre a las cuatro y no había tenido tiempo de arreglarme.
De repente pensé en lo bueno que eran quienes fuesen los patronos de los buenos designios y revelaciones de mi madre, y sentí que flotaba cuando tomó con su mano delicada una de las mías sudorosas y me condujo al piano.
De las primeras semanas mantengo un recuerdo difuso en el que se me entremezclan los DO-RE-MI-FA-SOL-LA-SI con sus manos sobre las mías en el teclado.
Sospecho que se daba cuenta del revuelo que sentía por dentro porque, una tarde, cuando me explicó algo y yo me quedé como arrobado mirando sus labios, acercó los suyos a los míos y me dio un beso; sonrió y cerró las cortinas, mientras yo me quedaba, sentado en el banquillo, petrificado.
Después, por indicaciones suyas, y en vista de que se estaban terminando las vacaciones de fin de año, dijo que debía decir a mi madre que las clases de piano se tornarían intensivas, por lo tanto, el nuevo horario sería de 5 a 7 de lunes a sábado.
Mis manos sí aprendieron a tocar el más armónico de los teclados, el que cimbra las cuerdas del alma y hace vibrar el cuerpo.
¡Tantas cosas aprendí con Clarissa!, cuya belleza y dulzura nunca han estado lejos de mí, aunque hayan pasado los años y muchos, muchos veranos.