Deportes

Claves secretas

“Se mató para pedir a Dios la clave de la vida”. D’arena ¿Habrá alguien que no tenga claves secretas? No, hombre, todos las


“Se mató para pedir a Dios la clave de la vida”. D’arena

¿Habrá alguien que no tenga claves secretas? No, hombre, todos las tenemos, hasta sin querer, hasta sin imaginación. Hasta por gusto. Cualquier cosa se puede convertir en una clave que sólo la entiende su progenitor.

Las mías duermen entre las grietas del olvido donde escondo lo que me duele. Pero, qué digo, si ahora lo único que me duele un poco es la espalda. La espalda es lo menos subjetivo del cuerpo. Pero, carajo, cómo duele. Quizá lo que necesito es que me camine una fina jovencita y reacomode discos y vértebras, tal como le caminaban desnudas encima al rey Dafhu, según cuenta Saul Bellow en Henderson, el rey de la lluvia.

Sigamos, dónde están mis claves. Allí están… a caballo sobre puntos suspensivos. En los zapatos viejos con los que me aproximé a la belleza. En la aceptación de la muerte como postre de la vida. En la palabra mágica que sólo de niño pude pronunciar (¿Tal vez “shazam”?). En un bolero de Agustín, ese poeta musical de canto tan Azul “como ojeras de mujer”. Muchas claves me suenan por el esqueleto. Las tengo en el minuto de oro de la paciencia, en la misteriosa suerte que hizo cosquillas a las penas, en mi impúdica, auténtica y sinfónica afición por los estornudos y los barómetros; en el humor, que me enseñó a fumigar el odio. Tengo claves heredadas de Jilma Cecilia, como la de decir lagarta, lagarto, lagarto, al escuchar la palabra culebra. Hasta hoy me ha librado de muchos venenos.

Claro, también guardo claves en algunos orgasmos filosóficos, como usar la conjunción “Y” para alejar la estupidez. Y en la posibilidad de abrir la puerta que separa la pasión de la brusquedad aspirando aire por la boca y exhalándolo por los oídos. Mi clave mayor es la de cruzar la mayor cantidad de grietas, rayas, manchas, hendiduras con el pie derecho, librándome así de caídas, resbalones, mal de ojo y fiebres pasmadas. Empezar a escribir con el índice derecho, me libra de párrafos idiotas y declaraciones aburridas (al menos eso creo).

Y si yo lo creo, así es. Pero se me han perdido centenares de claves. Si las hubiera atado con la cinta azul que me dio el maestro Elías.

Claves secretas, debo usarlas antes de que se me oxiden.


fecha edicion
old id
962372
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América