Hace no muchos años, llegué al aeropuerto de Barajas a media tarde. Venía desde Panamá con indicaciones muy elementales: “Cuando usted llegue al aeropuerto y haga los trámites de migración, salga por la puerta principal y verá varios taxis, indíquele al chofer que usted va a la dirección que le adjuntamos en este mail, y no tendrá problemas”.
Mis anfitriones de entonces no tenían posibilidades de irme a recoger, así que confiaron en la seguridad y el orden del servicio de taxis del aeropuerto de la capital española. Y no se equivocaron.
Seguí las instrucciones al pie de la letra y en cuestión de media hora llegué al hotel donde me acomodaría hasta que, horas más tarde, se presentara la oportunidad de conocer a quienes me habían invitado.
Había no menos de cinco horas entre el momento de mi llegada y la hora que me pasarían a recoger, así que decidí salir a explorar la capital madrileña. Por instinto acudí a la recepción del hotel en busca de orientación y lo primero que me entregaron fue un mapa. Paso seguido me mostraron dentro del mapa dónde estábamos ubicados y qué dirección debía indicar al transporte cuando venía de vuelta en caso de que me extraviara.
Salí con el mapa en manos y la decisión de aprovechar esas horas para conocer —en solitario— parte de Madrid. Me fue de lo mejor. Un par de horas más tarde me vi devuelta ante las puertas del hotel, sano y salvo.
Después de algunos viajes, esta fue la primera vez que me aventuré a salir a recorrer, el primer día y solo, las calles de una ciudad. Y nunca me he arrepentido de haberlo hecho.
La experiencia me sirvió para tomar conciencia de la importancia que es dotar a los visitantes de herramientas adecuadas para que entiendan y sepan, a la vez, en dónde están parados cuando lleguen a una ciudad extraña. Abrí los ojos para comprender por qué es necesario que el servicio de transporte público, tanto colectivo como selectivo, esté regulado; que sea fiscalizado por el gobierno y que los ciudadanos estemos comprometidos con hacerles cómoda la estancia a quienes nos visitan por conveniencia, trabajo u ocio.
Por eso cada iniciativa que surja en Panamá parecida al “Mapa Guía”, sobre el cual versa nuestra nota central de hoy, debe ser vista como un apoyo para nuestras aspiraciones de escalar hacia el primer mundo y que en Panamá, nadie, ni nacionales ni muchos menos los visitantes, se sientan perdidos en nuestro paraíso.