Sólo un instante, eso fue lo que duró la trayectoria. Bien mirado, del piso veintisiete al suelo es poca la distancia y cayendo se recorre en un pestañeo. Pero es suficiente para que Pedro vea su vida entera y se imagine cómo será la de sus hijos y la de su esposa sin él. En su relampagueante repaso histórico se lamenta de haber intentado tanto y haber logrado tan poco. Recuerda sus épocas de pavo, taxista, jardinero, estibador, mesero, empaquetador en un supermercado, mensajero, y de otros muchos oficios en los que desde temprano trabajó antes de ser obrero de la construcción. Y es que en la vida tuvo que aprender de todo para ganársela con esfuerzo y decencia, porque Pedro fue cualquier cosa menos un haragán. Claro que hizo sus sinvergüenzuras, sobre todo, en asuntos de rumbas y mujeres, pero le reconforta ver que en una perspectiva general fue una buena persona.
Lo que más le asusta de la inevitable muerte que le espera abajo es dejarle casi nada a su familia. Eso de seguro golpea más que el suelo al que se acerca precipitadamente. Se consuela pensando que Zuleika se las arreglaría pronto. Todavía es joven y sigue igual de guapa que cuando se conocieron en la playa y se besaron dentro de un mar tan azul como éste que ahora se intercambia en arabescos con las nubes. Además, ella no es mujer que sepa estar sola y los niños merecen crecer con un padre y sin más penurias por la falta de quien lleve sustento al hogar. Y con lo caro que se ha puesto todo, dejarlos desamparados, con apenas cuatro años Jahir y menos de diez meses Damaris, sería una de las consecuencias más injustas del accidente. Cómo le hubiera gustado jugar más con ellos, abrazarlos, percibir cómo les van cambiando la voz, las facciones y hasta los olores. Ojalá que el fulano que consiga su esposa sea bueno. Que le guste el béisbol como a Jahir, y que sea lo suficientemente hombre para jugar de vez en cuando con muñecas o hablar de cosas de mujeres cuando Damaris sea más grande y necesite los consejos de un amigo.
Otros miles de pensamientos fraccionados lo atraviesan en simultáneo. Vívidas imágenes cruzan su mente, tan veloz como su caída, pero a diferencia suya, éstas sí logran aferrarse a quicios de su memoria. Allí se sujeta el recuerdo de su madre enferma a quien no podrá visitar esta noche. Pobrecita, había estado resfriada y empeoró después de tomar el jarabe que le recetaron en el Seguro Social y hubo que hospitalizarla. Aparentemente son los riñones. Para ella la noticia será un fuerte impacto. Ojalá lo resista. Su corazón es frágil y nunca ha afrontado la muerte. Deber ser terrible sostener en los brazos el cadáver de un hijo. Entonces le viene a la mente la imagen de la red que no está puesta donde debiera para salvarlo de su fatal descenso. Vuelve de algún rincón de la memoria el vocifero y las consignas de la manifestación que hicieron los compañeros del sindicato unas semanas antes para que se cumpliera con todas las medidas de seguridad que se exigían para construir ese enorme edificio. Pero nunca se puso la red que quizá lo hubiera apañado. Eso lo hace sentirse como si fuera una enorme gota de agua aproximándose a la tierra donde reventará y salpicará en centenares de gotitas que rodarán hasta el océano o se evaporarán para luego zambullirse en él convertidas en fresca lluvia y así volver a su acuífero seno. Le resulta paradójico que justo un segundo antes fantaseaba con ser dueño del lujoso apartamento con vista al mar que terminaría siendo ese montón de vigas y cementos a la altura del piso en que cumplía su faena. Estaba abstraído visualizando lo que sería el balcón del recinto y deleitándose con la brisa que el océano soplaba sobre su cara. Ese inmenso pozo azul le recordaba a Zuleika. El mismísimo primer día que la besó le prometió que algún día lo cruzarían. Y es que siempre quiso viajar en un crucero. Se había propuesto hacerlo a más tardar al jubilarse. Pero el suelo cedió arrojándolo al vacío, y a los veintisiete años, irónicamente uno por piso, todos sus sueños se reventaron contra el pavimento.
Zuleika y los niños lo lloraron, los compañeros revivieron las protestas, políticos y empresarios se disculparon y prometieron enmiendas que luego no cumplieron. Pero el luto, las causas laborales y la justicia social suelen durar poco cuando muchos tiene que comer y unos pocos ganan millones.
El edificio lo levantaron de todas maneras. Le pusieron un nombre en inglés que alude a su espectacular vista. Es el doble de alto que cuando cayó Pedro. Desde el balcón del modernísimo apartamento en el piso veintisiete un jubilado extranjero se deleita con la brisa y contempla el espléndido mar que cruzó para venir a vivir acá, a este país que promete tanto.