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Confundir la gimnasia con la magnesia


Como todos los años, mientras muchos se disponen a conmemorar el aniversario de la muerte de alguien que ocurrió hace unos dos mil años, yo me dispongo a dolerme por la muerte de la inteligencia en este país. Porque un año más no se aprende, se repiten esquemas obsoletos y se mantiene el estatus quo de un falso respeto. Digo falso en la primera acepción del término, digo falso porque no es cierto. Lo de la ley seca en Semana Santa es una estupidez consensuada y repetida por asnitos que no se paran a pensar cómo ni porqué. Y además es una hipocresía.

Contemos una bonita historia adecuada a la época nazarena en la que estamos: hace muchos, muchos años, en un reino entre los ríos Torio y Bernesga existía una comunidad judía pujante que interactuaba con los cristianos sin aspavientos ni demasiados roces, la Iglesia (muy católica, pero siempre loca por incordiar) en épocas semanasanteras azuzaba a los feligreses contra los judíos, porque ya sabemos que ellos fueron lo que mataron a Jesús (lo que de que los pecados de los padres no han de pagarlos los hijos no se lo habían inventado aún) De modo y manera que hordas enfebrecidas, armadas con palos, hoces y guadañas salían de las iglesias dispuestas a vengar un supuesto asesinato en las carnes de los que, el resto del año, eran sus vecinos. Los reyes, que en aquel momento parecían ser más listos, decidieron que ni por esas pensaban permitir que le cortasen la cabeza por un quítame allá ese mesías a una parte de sus súbditos, por mucha iglesia que fuera. De modo y manera que autorizaron la venta de un licor especial, de un obscuro color morado y sabor dulce, fabricado ex profeso para la ocasión, en todas las tascas que había de camino a la judería, con lo que, los sayones, parando y parando para darse fuerzas y valor, terminaban a las puertas de las juderías en el estadio de la borrachera de exaltación de la amistad, y fueronse y no hubo nada, como decía Quevedo. Qué ley seca ni qué ley seca, para mí, el beber, en ese momento, era el colofón al ‘mi paz os dejo mi paz os doy’ del judío más famoso de todos los tiempos.

Pues eso, que como en todo, lo de las prohibiciones es relativo. El entramado social es un bicho muy complicado, no es una ameba, como quieren creer los próceres preclaros que nos desgobiernan por turnos. Y nunca han funcionado las leyes ‘preventivas’ que tratan de salvar las almas. Cada uno hace con su alma lo que le pica el huevo, que para eso es suya, personal e intransferible y para eso Luzbel fue condenado al Infierno: para darnos el conocimiento del bien y el mal. Como tantas veces he repetido, las normas no deben imponerse por ley, deben enseñarse en casa. Y a veces, la permisividad funciona mejor que la prohibición, porque permite que las aguas bajen por su cauce, que la gente beba lo que tiene que beber, lo que le apetece, tranquila. Además, señores, no todos somos cristianos, para miles de millones de personas en el mundo Jesús ni siquiera existió, y aún para muchos que saben de su muerte el beber o el no beber no tiene nada que ver con el ser buen cristiano. Hay muchos que piensan, claro, ya lo sé, erradamente, que lo que se necesita es simplemente ser bueno, y que Dios tiene mucho trabajo para fijarse en si tú bebes… ¡Qué equivocados están!

 

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805960
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América