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Cosas de gallinas


Pedro se levantó temprano, se puso el sombrero y agarró unas herramientas, dispuesto a trabajar en la huerta. Antes de salir de la casa pensó que debería llevarse a la gallina y la docena de pollitos que pocos días antes habían roto el cascarón, para que aprovecharan las lombrices y otros alimentos que abundaban por allí.

La gallina cloqueaba feliz escarbando la tierra y ofreciendo a sus hijos los bichitos y las semillas que desenterraba. Pedro le había dado a incubar, junto con la nidada de los suyos, un huevo de pata que le había regalado un vecino. El patito rompió el huevo al mismo tiempo que los pollos y la gallina no lo discriminó del resto de la parvada. Cuando llegaron junto a la alberca de la huerta, el patito se tiró al agua y empezó a nadar como si fuera la cosa más natural del mundo. La gallina estiraba el cuello y gritaba asustada temiendo que se le ahogara aquel hijo tan raro. Pedro, que se reía del miedo de la gallina, al recordar a sus hijos terminó riéndose de su propio miedo.

Regresó a su casa por la tarde, cansado de estar todo el día trabajando en la huerta. Sus tres hijos jugaban frente a la casa. Dos de ellos salieron corriendo a su encuentro y el tercero se quedó sentado en el suelo mirándolo receloso. Como le gustaba jugar con muñecas y sus gestos eran más suaves que los de sus hermanos, Pedro siempre lo había tratado más rudamente que a los otros, a ver si así se le curaba aquel defecto con que había nacido.

 

Aquel día lo levantó del suelo y le llenó la cara de besos y desde entonces le dio el mismo cariño que a sus dos hermanos, lamentándose de haber sido tan gallina.


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748616
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América