Que las fortificaciones de Portobelo y San Lorenzo, localizadas en la costa arriba del Atlántico panameño, hayan sido mencionadas como patrimonio mundial en peligro por la Unesco, no sorprende a nadie. Hace un par años, la organización había hecho advertencias en este sentido, pero aquí seguimos mirando hacia otro lado.
Es una situación engorrosa, que nos debe apenar a todos. Sí, a todos, porque la preservación de estos sitios es una responsabilidad colectiva y más cuando este conjunto monumental ya no pertenece exclusivamente a los panameños, sino que es un patrimonio de la humanidad.
Más allá de rasgarnos las vestiduras, como se ha hecho costumbre aquí, lo que se impone es que se amalgamen todos los esfuerzos aislados que se realizan para darle uso y cuidado a Portobelo y San Lorenzo y demás edificaciones históricas como lo que son, parte de nuestra historia como país y un legado para el mundo.
Es decir, que los ciudadanos deben colaborar haciendo buen uso de esas áreas y protegerlas. Quienes construyen deben cooperar cívicamente y autoregularse en su actividad pensando en el bienestar de todos, mientras que las autoridades del gobierno central, así como los responsables de patrimonio histórico, del Instituto Nacional de Cultura y la Autoridad de Turismo, entre otras, deben ser más vigilantes y redoblar su compromiso con el tema.
Sustentamos lo anterior en los factores que la Unesco señaló para dar su informe: problemas medioambientales, falta de mantenimiento y desarrollo urbano incontrolado. Es decir, las mismas pestes nos persiguen por todas partes.
Ahora es Colón, con sus fuertes; mañana será el Casco Antiguo de la capital y pasado serán Darién o el Complejo Monumental de Panamá la Vieja, si no tomamos control de las riendas de este desorden acompañado de descuido.
Y nada de esto será posible mientras haya gente que no comprenda la diferencia que existe entre costo, precio y valor.