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Cuando a Ícaro se le quebraron las alas

“Ando volando bajo...” Ranchera mexicana


Al revés de cómo cuenta la leyenda, si Ícaro cayó al mar fue por miedo de volar alto. Su padre, Dédalo, a quien el rey Minos quería liquidar (por lo de la vaca de madera que hizo para la reina que se empeñaba en cohabitar con un toro), construyó un mecanismo que movía alas hechas con cera y plumas como si fuesen las de un cóndor. La fuente de energía de esa primera máquina voladora fueron unas primitivas pero eficientes células fotovoltaicas que inventó Dédalo con el silicio cristalizado que abundaba en la isla de Creta. Por supuesto, siendo tan primitivas, necesitaban radiación continua del esplendor solar pues ni se soñaba todavía con baterías de respaldo. Para esto, advirtió Dédalo a su hijo, debían volar por encima de los densos nubarrones que suelen cubrir el Mediterráneo en noviembre. El viejo sabía que las células trabajarían a su máximo si lograban elevarse sobre los dos mil metros. Así recibirían una radiación que permitiría un rendimiento de casi mil vatios (no importa cómo griego los llamara el inventor).

Pero Ícaro era un cobardón. Volar alto le producía vértigos. Prefirió planear coquetamente a unos doscientos metros. Ni siquiera llegó a oír los gritos de su padre que le pedía más altura: «¡Sube, pendejón, o morirás como un chacarón!» Nada, el relamido Ícaro planeaba con gracia, asombrando a los rudos pescadores que lo miraban desde los botes. Ni qué decir que sus células se agotaron y se desplomó como un cuaco herido. Tuvo suerte de que el choque con el agua no lo mató, pero no pudo zafarse a tiempo del correaje que lo ataba a la fantástica máquina voladora de su padre y se hundió como una pescadora de perlas japonesa, pero sin volver ya más a la superficie.

Antes de que las aguas encantadas del Mare Nostrum invadieran totalmente sus pulmones, pudo ver centenares de cántaros de vino que, bien sellados, yacían en las profundidades cercanas a Sicilia… pero él ya no tenía sed.

 

Nadie supo cuándo surgió la leyenda de que cayó al agua por volar muy alto. Que dizque se le derritieron las alas por estar más cerca del sol, cuando es todo lo contrario, a más altura, menos temperatura y la cera se conserva mejor.

¡Ay, Dédalo!, ¿por qué no enseñaste a tu hijo a volar alto?


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408908
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América