Escritora
- Es muy temprano señora -, me dice el conductor del taxi. - Sí - contesto. -Creí que atendían desde las ocho. Esperaré - .
Así lo hice… ¿Qué estará pensando ese joven que camina tan lento mientras hurga, una y otra vez, en los bolsillos de su saco deportivo?... ¡Al fin halló el carné!... ¡Volvió a leerlo!... lo revisó afanosamente… se quedó pensativo, como si estuviera en la ribera de un río donde crece el bambú que desafía al viento … “me doblo, pero no me quiebro”, parece decir cuando cruje.
¿Tiene razón el bambú?... o lo correcto lo hicieron los árboles que dijeron … “me quiebro, pero no me doblo” … y, al caer, arraigaron sus raíces al barranco; para que no los arrastrara la corriente… Ahora no pueden mirar hacia el cielo, pero desde sus ramas secas, los pájaros lanzan trinos al amor… una vez más el estudiante mira el carné… se encoje de hombros y corre para alcanzar al próximo “diablo rojo”.
…¿Habré sido testigo de una acción que marca para siempre un destino? ¡Jamás lo sabré... Pero ya se acerca por la calle transversal la empleada que avanza arrastrada por el inquieto perrito a quien llamó Pequeñín … él aprovecha su condición de consentido, para atreverse a husmear las bases de todos los pedestales de hierro, de los faroles eléctricos¸ sintiendo así el estímulo de los gentiles mensajes dejados por las orinas perrunas… Un muchacho llega en su motocicleta; tiene una mirada triste, como hundida en una insondable soledad. La mujer con el perrito, le habla con cariño… él sonríe complacido y acaricia a Pequeñín, mientras la mira a ella. El oficial del banco, que no sé por qué, luce charreteras, me indica que ya pueden atenderme. ¿Para qué vine yo al Banco? Ya no me acuerdo. Y no quiero acordarme. Regresaré otro día, cuando la calle ya esté despierta.