" Tengo miedo de morir... ya no quiero ser periodista". La confesión del joven reportero estremeció a la treintena de colegas que escuchaba atónita el peligro que enfrentan los mexicanos que escriben sobre narcotráfico y crimen organizado en la frontera norte de México con Estados Unidos.
Los 60 periodistas asesinados y las decenas de desaparecidos en los últimos 20 años en México alimentan este temor. Es una lucha dispareja; de palabras contra balas, en donde la censura lleva el rostro de la muerte.
La violencia sutil, de llamadas anónimas amenazantes, del envío de coronas mortuarias o ataúdes a las redacciones, decapitación de mascotas y la inclusión de comunicadores en listas negras o de objetivos militares, engrosan el menú intimidatorio de los criminales.
La voz quebrada y los ojos vidriosos del joven expresan la realidad de los periodistas que prefieren autocensurarse o abandonar la profesión para preservar su vida y la de sus familias. En el otro lado están los que se resisten a sucumbir ante el crimen organizado, los que desafían a la muerte con sus escritos y denuncias.
estuvo en México D.F. y escuchó el relato de periodistas mexicanos que a diario se juegan la vida en su afán de informar. La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) reunió allí a comunicadores de diferentes países de Latinoamérica para analizar el poder del narcotráfico y su incidencia sobre el periodismo.
DíaDSe trata de un germen que carcome los cimientos de los medios, debilita la autoestima profesional de los periodistas, desata reacciones en donde prima la autoprotección y genera un tipo de violencia social más profunda: la autocensura, como lo define la SIP en su "Mapa de riesgos para periodistas".
Todo inició con las escenas criminales que imperan a diario en cualquier país centroamericano, incluyendo a Panamá. La aparición de los primeros ajusticiados provocó la indignación de la sociedad, pero poco a poco los horrendos asesinatos, la relación de los narcos con autoridades y los nuevos magnates con ejércitos de sicarios fueron percibidos como algo normal.
Allí empezó a perderse la guerra contra los carteles mexicanos. A partir de ese momento, la impunidad es el mayor alimento para los violentos.
Olor a pólvora.
Callar para no morir. Autocensura y autoprotección es la ecuación más sencilla para seguir viviendo en la frontera norte.
"No hay autoridades, se han vuelto cómplices o el temor las ha hecho voltear hacia otro lugar. Los delincuentes se han erigido en el mando, han asumido las funciones dejadas vacantes", relata un periodista del Estado de Sonora que pidió no revelar su nombre por seguridad.
Son ciudades que huelen a pólvora, tierra de nadie, en donde impera la sangre y el miedo, en donde el silencio ha invadido las plumas, las voces y las imágenes. Los narcos están por todas partes, son hoteleros, dueños de restaurantes, bares y discotecas, narco-políticos, narco-policías y hasta empresarios de la información.
"Se dice que en Colombia los narcos han querido ser políticos y en México pareciera que son los políticos los que quieren ser narcos. Ahora el mecanismo más fácil es a través de ofrecer protección. Es muy fácil arreglarte con un narco cuando eres el dueño del Estado", denuncia Manuel Clouthier en el Mapa de riesgos de la SIP.
El negocio propicia también la aparición de un vergonzoso submundo periodístico, con narco-periodistas que vigilan y traicionan a los colegas que investigan sobre narcotráfico para vender luego sus vidas a los carteles.
Es gente que un día llega a un diario con noticias y editoriales redactadas a favor de los carteles y que exige su publicación en la portada. La reiterada negativa del director de un periódico en Sonora motivó su secuestro, la decapitación de su perro y un ataúd pequeño enviado a su casa con la leyenda: "Los próximos serán tus hijos".
"Creen que desapareciendo a un periodista desaparece la realidad que éste relata, pero se equivocan. Siempre habrá alguien escribiendo, describiendo lo que sucede cada día en todo lugar", plantearon periodistas de Sonora en una carta publicada por la SIP.
En Nuevo Laredo los narcotraficantes amenazan por teléfono o frecuencias de radio a todo periodista que publique algo que no les gusta, los secuestran o golpean con tablones, y si insisten en publicar, los matan. Se trata de una cultura del terror, en la cual la profesión de periodista se ha tornado de alto riesgo.
Los periodistas de Nuevo Laredo plantearon que en la frontera Norte el crimen organizado ha penetrado y se ha apoderado de "innumerables" actividades, incluso de instituciones del Estado y periodísticas, en donde todos se sienten indefensos y desamparados.
"El temor es mayúsculo y sobrevivir implica no investigar, no denunciar, ni siquiera publicar", lamentan.
¡Te vas a morir cabrón!.
Las lúgubres advertencias no fueron suficientes para intimidar a algunos periodistas. Y a pesar de que el miedo que sentían cambió su forma de reportear y les impuso algunos límites, pagaron con su vida la decisión de cumplir con su deber de informar.
Los periodistas en esta área de México son acribillados a balazos en público y rematados en el piso con tiros en la cabeza, otros mueren con decenas de cuchilladas en su cuerpo, son desaparecidos para siempre o arrollados misteriosamente frente a su familia por vehículos en marcha.
También enfrentan una guerra sicológica. Un periodista de San Luis Río Colorado, antes de morir frente a sus compañeros de trabajo acribillado con una ametralladora AK-47, tuvo que soportar la aparición de varios animales en su jardín despedazados a balazos, otros reciben llamadas amenazándolos con sus hijos o son secuestrados y golpeados en varias ocasiones.
En una oportunidad, el jefe policial de Mazatlán increpó al director de un periódico en una fiesta pública y le entregó una bala, no sin antes advertirle: "Agradece que la tienes en la mano y no en el cuerpo". ¿La causa?: una serie de artículos sobre la supuesta complicidad de la Policía en actividades delictivas.
"Hasta ahora, ninguno de los homicidios, atentados o amenazas sufridas por periodistas en el territorio mexicano han sido investigados a fondo o todos los involucrados sentenciados", claman los comunicadores. Y los periodistas que investigan las muertes de sus colegas reciben claras advertencias: "No sabes en qué te metiste, pinche cabrón. Te vas a morir".
El sadismo con que matan sorprende cada día. Primero eran las ejecuciones en público, estrangulamientos, linchamientos, decapitaciones masivas y la desaparición de cuerpos al meterlos en tanques llenos de ácido o en jaulas de leones hambrientos para que se los comieran. "Uno se pregunta, y qué viene ahora", sostiene el subdirector de un periódico en Sinaloa.
Muchos periodistas han emigrado a otros lugares en busca de seguridad, pero otros siguen con su trabajo, pese al peligro. "Los que buscan las noticias, los que informan, los que investigan, los que creen que el periodismo es un servicio, son rehenes de quienes ejercen el poder y controlan todo, ya no solo con metralletas y pistolas, sino también con lanza granadas y bazucas".
Los periodistas mexicanos se han quedado prácticamente solos en esta lucha. Las autoridades no los apoyan, no hay solidaridad entre medios de comunicación, los ciudadanos de la frontera Norte tienen temor y el resto del país mira con indiferencia esta situación. La mordaza tiene forma de pistola.