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Cuando leer era una fiesta

Dejé de leer muy joven. Un amigo, empedernido lector y sabio del mundo del fútbol, lanzaba la teoría de que a los varones lectores les ...


Dejé de leer muy joven. Un amigo, empedernido lector y sabio del mundo del fútbol, lanzaba la teoría de que a los varones lectores les llega una etapa de rebeldía contra las letras a favor de amores más cercanos a las féminas. Es posible que tenga razón, por lo menos en mi caso, porque dejé los libros por una larga temporada. Lo que hice en mis años del Instituto Comercial Panamá fue preguntarles a las compañeras sobre la novela que tocaba leer. Ellas sacaban cinco y yo un cuatro. No está mal para un vago, pero les animo a no realizar este peligroso "truco" en casa.

Cuando leer era una fiesta, las tardes se pasaban rápido. Los diccionarios eran ventanas, los cuentos posibilidades y las novelas una intriga constante.

Cuando leer era una fiesta

Pero hay que volver, hay que hacer volver a los más jóvenes y a los que no lo son tanto al placer de la lectura.

Daniel Pennac dice en su sabrosísimo libro "Como una novela", lo siguiente: "Hay que leer, hay que leer? ¿Y si, en lugar de exigir la lectura, el profesor decidiera de repente compartir su propia dicha de leer? ¿La dicha de leer? ¿Qué es la dicha de leer? Preguntas que suponen, en efecto, un estupendo retorno sobre uno mismo". Qué razón tiene el francés, que además de excelente novelista, es profesor en una escuela secundaria. Sabe lo que dice. Cuando leer era una fiesta, los profesores hablaban de los libros como de amigos muy conocidos.

Pero el viaje lector se concibe en el silencio, se emprende por propia voluntad a pesar de los escombros educativas que rodean al viajero. Pero esa soledad voluntaria, de la que da cuenta la canción infantil "El libro" ("yo solo con mi libro me siento a conversar"), no exime a maestros y profesores de su deber de "dar de leer", de compartir, la lectura, los libros. Aunque hay muchos apasionados, parece que la norma es la pereza indiferente ante la lectura.

Por ello, no me canso de dar de leer y reclamo que me den de leer. Nadie es tan mayor, ni tan entendido que no pueda recibir recomendaciones y hasta elegantes y sutiles reconvenciones, sobre cierta "literatura perpetrada", del propio patio o del de al lado, capaz de dinamitar el ánimo de cualquier lector. A esta sutileza de dar de leer y apartar lecturas con tiento y cariño, es lo que se puede llamar sabiduría pedagógica, un nuevo oficio: tundidor de gustos literarios.

Es preocupante que tengamos ganas de que nuestros hijos corran detrás de un balón, o den batazos a una pelota o que la encesten desde la línea de tres puntos, pero no de que corran a las librerías o a las bibliotecas detrás de un buen libro. Parece que en esta sociedad absurda y plástica, siguiendo el texto de Rubén Blades, leer forma parte de una infancia de cuentitos Disney, un poco yeyé, y que termina a los once años con la niña o el niño encerrados con sus videojuegos o con su celular, dando la espalda a toda posibilidad lectora.

La Feria que viene, la del libro, pone en manos de todos miles de libros. El deseo, entiendo, más allá de vender (que hace falta), es que se lea, que entremos por la senda del criterio y del pensamiento. La literatura sirve para construir pequeñas posibilidades que nos muestren unas veces a las claras, otras a media luz, qué es lo que pasa en este lugar que llamamos mundo. Una necesidad social y cultural imperiosa, mucho más acuciante de lo que creemos y mucho más útil de lo que nos dejan saber los entusiastas de la ignorancia.


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982389
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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