Lo tenía anotado en mi agenda como urgente. Por eso, ignorando la pertinaz lluvia, me lancé con denuedo en persecución de un taxi que me llevara a un destino que ya no me era tan conocido; aunque antes me hubiera sido tan familiar.
Sí – aquí debe ser - dije al conductor cuando detuvo el auto a la entrada de un vetusto edificio, cerca de la Plaza Herrera en el Casco Antiguo.
El hombre vaciló antes de retirarse, pero le aseguré que conocía bien esos barrios... esos barrios que, como cantara el insigne Carlos Gardel, tienen “el alma inquieta de un gorrión sentimental”.
El portón estaba abierto, y en el extenso patio interior varios jóvenes ordenaban desechos de equipo y materiales de construcción.
- Perdona – dije a uno de ellos - ¿A dónde queda la escuela en la que dictan cursos para aprender a votar?
- No sé, señora – me contestó amablemente, pero extrañado. Nosotros lo que recibimos aquí son lecciones para botar.
Esta es una escuela para reciclaje.
¿Puedo ayudarla en algo? - Ya me has aclarado todo – dije riendo a carcajadas - Cometí un error. Fue cuestión de letras.
Al escribir en mi agenda, cambié la “b” por la “v” así que anoté: “lecciones para votar”.
¡Hay que fijarse muy bien para no botar el voto!